La hija de mi marido, fruto de una relación anterior, llamó y dijo: “Mi padre falleció anoche; me dejó toda su herencia a mí, y tú no recibes nada”. Activé el altavoz y miré de reojo a mi marido, que desayunaba tranquilamente. Él dejó el tenedor, se inclinó hacia el teléfono y dijo…
A las 7:20 de un martes, Verónica llamó para decirme que mi esposo había muerto durante la noche.
Lo curioso era que Ernesto estaba sentado a menos de 1 metro de mí, untando mantequilla en una pieza de pan tostado.
—Elena —dijo Verónica con una frialdad que me estremeció—, mi papá murió anoche.
Ernesto dejó el cuchillo suspendido sobre el plato y me miró. No hizo ningún gesto dramático. Solo abrió un poco los ojos.
Yo me llevé un dedo a los labios.
—Me comuniqué con el hospital —continuó ella—. No quisieron darme detalles, pero ya entendí lo que pasó. Además, encontré una copia de su testamento. Mi papá me dejó la casa, las cuentas y todas sus propiedades. Tú no tienes derecho a nada.
Al fondo se escuchó la risa de Mauricio, su esposo.
—Por fin vamos a sacar a esa mujer —murmuró él.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
Activé el altavoz y puse el teléfono sobre la mesa de la cocina.
Verónica explicó que llegaría esa misma tarde con un cerrajero para asegurar “los bienes de su padre”. También me recomendó comenzar a empacar mis cosas, porque no quería convertir el asunto en una pelea desagradable.
Ernesto dejó lentamente su taza de café.
—Antes de que vengas a vaciar mi casa, hija —dijo acercándose al teléfono—, ¿me permites terminar de desayunar?
Del otro lado hubo un silencio absoluto.
—¿Papá? —susurró Verónica.
Mauricio soltó una maldición.
La llamada terminó.
Durante varios segundos, Ernesto y yo permanecimos inmóviles. Afuera pasó el camión del gas tocando su melodía, como si aquella mañana fuera completamente normal.
—Parecía decepcionada —dijo Ernesto finalmente.
La frase me dolió más que todo lo demás.
Ernesto tenía 67 años. Había vendido su empresa de instalaciones hidráulicas en Querétaro después de trabajar casi 40 años. Durante décadas había cargado tuberías, calentadores y herramientas, pero la jubilación no lo había tratado bien.
Había aumentado de peso, llevaba una prótesis en la rodilla derecha y tomaba medicamentos para una arritmia. Algunas mañanas necesitaba mi ayuda para ponerse las medias de compresión. Él bromeaba diciendo que había pasado de dirigir a 80 trabajadores a ser derrotado por un par de calcetines.
2 noches antes había sentido dolor en el pecho. Lo llevé a un hospital privado, donde permaneció en observación hasta el lunes por la tarde. Nuestro vecino vio la ambulancia y llamó a Verónica para avisarle que su padre había sufrido “otro susto”.
Ella intentó obtener información del hospital, pero no estaba registrada como contacto médico. Cuando llamó de nuevo, Ernesto ya había sido dado de alta.
En lugar de llamarme y preguntar si su padre estaba bien, decidió que estaba muerto.
Y después pensó inmediatamente en la herencia.
—¿Cómo sabía lo que decía mi testamento? —preguntó Ernesto.
Yo conocía una posible respuesta.
3 semanas antes había encontrado a Verónica revisando el archivero del despacho. Cuando le pregunté qué buscaba, aseguró que necesitaba unos documentos del seguro médico de su padre.
No insistí.
Durante 15 años me había esforzado por no convertirme en la segunda esposa desconfiada. La madre de Verónica había fallecido de cáncer mucho antes de que Ernesto y yo nos conociéramos. Nunca intenté ocupar su lugar.
Al principio, Verónica y yo nos llevábamos bien. Todo cambió cuando Ernesto vendió la empresa.
Entonces comenzaron las preguntas.
¿Cuánto dinero recibió?
¿Todavía era dueño de la bodega?
¿A nombre de quién estaba la casa?
¿Cuánto tenía invertido?
Ernesto siempre la defendía.
—Es mi hija. Solo está preocupada por mi futuro.
Aquella mañana, su abogado llamó.
El licenciado Ramiro Cárdenas había recibido una llamada de alguien que afirmaba que Ernesto había muerto. Esa persona conocía incluso la fecha exacta de un testamento firmado 12 años atrás, antes de nuestro matrimonio.
En ese documento antiguo, Verónica heredaba casi todo.
—Ella no estaba llorando mi muerte —dijo Ernesto cuando colgó—. Estaba esperándola.
Ramiro nos recibió 1 hora después en su despacho.
Confirmó que el testamento antiguo seguía archivado, pero había sido reemplazado 5 años atrás. En el documento vigente, yo podía permanecer en nuestra casa si Ernesto fallecía primero. Verónica conservaba una herencia considerable y sus 2 hijos tenían fondos educativos.
Nadie la había dejado sin nada.
Simplemente, ya no recibiría todo.
Entonces Ramiro reveló algo peor.
6 meses antes, Verónica y Mauricio habían acudido a su despacho para hacer preguntas sobre incapacidad, tutela y control de cuentas bancarias. Querían saber qué ocurría cuando una persona mayor ya no podía tomar buenas decisiones y si un hijo adulto podía intervenir cuando la esposa “controlaba demasiado”.