PARTE 2
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó Doña Remedios, abrazando el cuerpo helado de Julián—. ¡No se queden mirando como si fuera una novela!
Uno de los amigos de Julián, Esteban, reaccionó primero. Sacó el celular con manos torpes y marcó emergencias. Los demás parecían congelados. Algunos lloraban, otros murmuraban oraciones, y Karla permanecía pegada a la pared, con la mirada fija en el ataúd abierto.
—Tú sabías —dijo Remedios, sin despegar la mano del rostro de su hijo—. Tú sabías que no estaba muerto.
Karla parpadeó.
—No diga tonterías. Yo… yo seguí las indicaciones.
—¿De quién?
No hubo respuesta.
Los paramédicos llegaron minutos después, aunque para Remedios parecieron años. Revisaron a Julián, le colocaron oxígeno, le tomaron el pulso y confirmaron lo imposible: estaba vivo, en estado crítico, bajo los efectos de alguna sustancia que mantenía sus signos vitales casi imperceptibles.
—Tenemos que llevarlo ya —dijo uno de ellos.
Remedios subió a la ambulancia sin pedir permiso. Tomó la mano de Julián, fría y pesada, y empezó a hablarle al oído como cuando era niño y tenía fiebre.
—Aquí estoy, mijo. No te me vayas. Tú me prometiste que íbamos a comer birria juntos cuando descansaras de tanto trabajo. No me puedes dejar con la mesa puesta.
Mientras la ambulancia avanzaba entre el tráfico, Remedios miraba los párpados inmóviles de Julián y sentía que el pasado volvía a aplastarle el pecho.
Había criado a ese muchacho sola. Primero limpiando casas, luego vendiendo comida afuera de una secundaria, después atendiendo una tiendita donde aguantaba turnos de 12 horas. Julián creció viendo a su madre contar monedas para comprar útiles, remendar uniformes y fingir que no tenía hambre para darle a él el último pedazo de pollo.
Pero también creció amado.
Era brillante desde niño. A los 8 años arregló una licuadora descompuesta solo mirando un video en internet. A los 12 ayudaba a sus compañeros con matemáticas. A los 17 consiguió una beca para estudiar ingeniería en Monterrey.
—Mamá, me aceptaron —le dijo aquel día, con el correo impreso entre las manos—. Beca completa.
Remedios lloró como si acabara de ganarse la lotería.
—Vete, mijo. El mundo no se hizo para que te quedes chiquito.
La despedida en la central camionera fue una de las heridas más dulces de su vida. Julián la abrazó fuerte y le dijo:
—Todo lo que llegue a ser va a ser por ti.
Durante años, cumplió. La llamaba cada domingo. Le contaba de sus clases, de sus proyectos, de los tacos horribles que vendían cerca del campus, de sus desveladas y sus sueños. Cuando se graduó con honores, Remedios viajó con un vestido azul que había comprado en abonos. Aplaudió tan fuerte que varias personas voltearon a verla.
Después llegó el trabajo en una empresa de software. Luego Karla.
Al principio, Julián hablaba de ella con admiración.
—Es inteligente, mamá. Tiene visión. No le da miedo nada.
Remedios escuchaba, pero algo se le atoraba. Karla parecía demasiado rápida para ganarse la confianza de todos, demasiado interesada en hablar de inversiones, contratos y expansión. Cuando Julián le dijo que abrirían una empresa juntos, Remedios sintió miedo.
—Cuida lo que firmas, hijo.
—Mamá, no todo el mundo quiere hacerme daño.
Pero Karla sí.
En el hospital, los médicos trabajaron durante horas. Remedios caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con las manos pegadas al rosario que llevaba desde joven. Esteban se quedó con ella. También llegó el comandante Luis Herrera, amigo de Julián desde la universidad y ahora policía ministerial.
—Doña Reme —dijo Luis con gravedad—, esto ya es una investigación. Nadie termina en un ataúd respirando por accidente.
—Yo lo sé —respondió ella—. Y tú también sabes quién quiso enterrarlo.
Luis miró hacia el pasillo. Karla había llegado al hospital acompañada por el abogado. Ya no lloraba. Ya no fingía. Solo observaba, calculando.
—Voy a pedir que no salga de la ciudad —dijo Luis—. Y necesito revisar papeles, cámaras, certificados médicos, todo.
Horas después, el primer golpe de verdad apareció.
El supuesto certificado de defunción de Julián tenía firmas irregulares. El médico que aparecía como responsable negó haberlo atendido. La funeraria había recibido una orden urgente pagada por Karla en efectivo. Y, lo peor, la empresa de Julián había cambiado poderes legales 48 horas antes de su “muerte”.
Karla quedaba como administradora absoluta en caso de incapacidad o fallecimiento.
—No fue por amor —murmuró Remedios cuando Luis le explicó—. Fue por dinero.
Pero faltaba algo más.
Esa noche, Esteban le mostró a Luis un mensaje que Julián le había enviado 3 días antes:
“Estoy revisando movimientos raros. Karla no sabe que ya encontré transferencias. Si algo me pasa, busca a mi mamá.”
Remedios sintió que le arrancaban el aire.
—Mi hijo me buscó —dijo, rompiéndose—. Y yo no estaba ahí.
Luis se inclinó frente a ella.
—No, doña Reme. Usted llegó justo a tiempo.
A la mañana siguiente, Karla fue llevada a declarar. Al principio negó todo. Dijo que Julián sufría estrés, que se había desmayado, que un médico particular confirmó su muerte, que ella solo siguió instrucciones.
Pero Luis puso sobre la mesa los documentos, los videos de seguridad, las transferencias y el mensaje de Julián.
Karla dejó de parpadear.
—Él iba a arruinarlo todo —dijo finalmente, con una calma que heló la sangre—. No entendía que la empresa necesitaba decisiones grandes. Julián era débil. Siempre estaba pensando en su mamá, en sus empleados, en hacer “lo correcto”. Así no se construye un imperio.
—¿Qué le diste? —preguntó Luis.
Karla apretó la mandíbula.
—Un sedante. Solo necesitaba que pareciera muerto unas horas.
—Lo iban a enterrar.
Ella bajó la mirada, no por culpa, sino por rabia.
—No pensé que esa vieja se atrevería a abrir el ataúd.
Cuando Luis salió de la sala de interrogatorio, encontró a Remedios de pie al final del pasillo.
—Confesó —dijo él.
Remedios cerró los ojos.
En ese mismo momento, un médico apareció desde cuidados intensivos.
—Doña Remedios… su hijo despertó.
Ella dio un paso, luego otro, pero antes de entrar a la habitación sintió que las piernas le fallaban. Porque Julián estaba vivo, sí. Pero ahora tendría que escuchar de su propia boca la verdad más dolorosa.
Y nadie estaba preparado para lo que él iba a revelar en la parte 3.
PARTE 3