—¿Cómo supo que me había citado? —preguntó Valeria.
—Maribel escuchó la llamada y me avisó.
Rogelio intentó escapar por la cocina, pero los empleados bloquearon la salida.
—Nos habría dejado sin nada —dijo el cocinero—. Igual que intentó hacer con ella.
El gerente fue detenido por fraude, falsificación de pruebas y amenazas.
La universidad retiró la suspensión de Valeria y ofreció una disculpa formal. Sin embargo, ella rechazó que Mateo pagara sus estudios.
—No quiero que piense que necesito que me rescate.
—Nunca lo he pensado.
—Entonces permita que termine la carrera con mi esfuerzo.
—De acuerdo. Pero acepte algo distinto.
Mateo habló con la universidad para crear un programa de prácticas pagadas en uno de los hospitales del Grupo Alcázar. No fue diseñado únicamente para Valeria, sino para estudiantes que trabajaban mientras cursaban enfermería.
Ella presentó los exámenes como todos los candidatos.
Obtuvo el primer lugar.
Días después, regresaron al café, ahora administrado temporalmente por los trabajadores mientras se resolvía el juicio.
Mateo se sentó en su mesa habitual.
Valeria, usando por última vez el delantal, dejó el café frente a él.
—Me debe una historia.
Mateo sacó un billete de 200 pesos.
—Mi padre murió cuando yo tenía 8 años. Mi madre, Elena, comenzó a trabajar en una cafetería parecida a esta. Teníamos deudas, la renta vencida y algunos días ella fingía haber comido para dejarme toda la cena.
Valeria se sentó.
—Una mañana, un cliente dejó una propina de 200 pesos. Regresó al día siguiente y dejó otros 200. Después volvió otra vez.
—¿Quién era?
—Mi madre nunca supo su nombre. Lo llamaba el señor del sombrero porque siempre llevaba uno gris. Aquellas propinas pagaron comida, transporte y parte de nuestras medicinas durante el peor invierno de nuestra vida.
Mateo observó el billete.
—Antes de morir, ella me hizo prometer que, si algún día tenía dinero, recordaría que una cantidad pequeña puede significarlo todo para otra persona.
—Por eso viene aquí.
—Por eso dejaba los 200 pesos. Después comencé a venir también porque quería verte.
Valeria bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
—Eso último no formaba parte de la promesa.
—No. Eso fue completamente inesperado.