Nathaniel era siete años mayor.
Reservado.
Metódico.
El hijo al que su padre había preparado desde adolescente para dirigir Caldwell Holdings.
Cuando yo era niña, Nathaniel apenas me miraba.
Para él, Ethan y yo éramos dos mocosos corriendo por los jardines durante las reuniones familiares.
Después todo cambió.
La noche en que regresé de Boston destrozada, fue Nathaniel quien me encontró sentada en las escaleras traseras de la casa Caldwell.
Yo había ido allí porque necesitaba hablar con la madre de Ethan.
Nunca llegué a hacerlo.
Nathaniel salió después de una cena de negocios y me vio llorando.
No hizo preguntas absurdas.
No me dijo que todo estaría bien.
Simplemente se sentó a mi lado.
Después de unos minutos preguntó:
—¿Quieres que llame a alguien?
Negué con la cabeza.
—¿Quieres que me vaya?
Volví a negar.
Así empezó.
No con romance.
No con una declaración.
Con silencio.
Durante meses, Nathaniel fue la única persona de aquella familia que jamás intentó convencerme de perdonar a Ethan.
Cuando su madre decía:
“Era joven.”
Nathaniel respondía:
“Olivia también.”
Cuando alguien decía:
“Seguro Ethan volverá.”
Nathaniel preguntaba:
“¿Y por qué debería esperarlo?”
Un año después, mi padre sufrió un ataque cardíaco.
El negocio familiar comenzó a tambalearse.
Nathaniel nos ayudó.
Pero jamás intentó comprar mi gratitud.
Fue mi padre quien, meses después, me sorprendió preguntándome:
—¿Has notado cómo te mira?
Me puse roja.
—¿Quién?
Mi padre se rio.
—No me hagas decirlo.
Nathaniel tardó otros tres meses en invitarme formalmente a cenar.
Y seis meses más en pedirme matrimonio.
Aquella noche me dijo algo que jamás olvidé.
—No quiero que te cases conmigo porque Ethan te lastimó.
Lo miré.
—Entonces ¿por qué quieres que lo haga?
—Porque cuando estás conmigo no pienso en Ethan.
Tomó mi mano.
—Pienso en ti.
—Quiero que me elijas por la misma razón.
Acepté dos semanas después.
Nuestra boda fue pequeña.
Privada.
Sin prensa.
Los Caldwell respetaron nuestra decisión.
Incluso la madre de Ethan, aunque lloró al pensar en lo complicado que sería explicárselo a su hijo algún día, terminó abrazándome.
—Quizá esto sea lo mejor que pudo pasar.
Y durante tres años realmente lo fue.
Hasta aquella noche.
Hasta el regreso de Ethan.
Ethan permaneció varios segundos frente al Bentley.
—¿Mamá lo sabía?
—Sí —respondió Nathaniel.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Todos?
No respondimos.
Eso fue respuesta suficiente.
Una expresión amarga apareció en su cara.
—Fantástico.
Soltó una carcajada.
—Toda mi familia sabía que mi prometida se había casado con mi hermano y nadie consideró necesario mencionarlo.
—Ex prometida —lo corregí.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Nunca cancelamos formalmente nada.
Nathaniel soltó una risa incrédula.
—¿Desaparecer el día después de acostarte con ella y mudarte al otro lado del país no te pareció suficientemente formal?
Ethan se acercó.
—Tú sabías que iba a regresar.
—También sabía que Olivia no era equipaje que pudieras dejar cuatro años en una bodega.
Ethan empujó el pecho de Nathaniel.
Todo sucedió muy rápido.
Nathaniel apenas se movió.
Lo agarró por la muñeca.
—No vuelvas a tocarme.
—¡Me robaste a la mujer con la que iba a casarme!
Entonces hablé.
—Nadie me robó.
Los dos se detuvieron.
—Ethan, mírame.
Lo hizo.
—Yo elegí a Nathaniel.
Aquello pareció dolerle más que cualquier golpe.
—¿Lo amas?
—Sí.
Respondí sin vacilar.
Algo se quebró en su expresión.