Se quedó detrás de mí.
No intervino.
No era necesario.
Ethan respiraba con dificultad.
—Yo te amaba.
Negué con la cabeza.
—No.
—Sí.
—Amabas saber que yo te amaba.
La diferencia lo dejó sin palabras.
Sophie dio un paso hacia mí.
—Hay algo más.
Ethan se giró bruscamente.
—No.
Ella no se detuvo.
—La mañana después de que llegáramos a California, Ethan apostó con uno de sus amigos que tú seguirías soltera cuando él regresara.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué?
Sophie tenía lágrimas en los ojos.
—Dijo que podía hacer lo que quisiera porque tú nunca amarías a nadie como lo amabas a él.
Ethan golpeó la mesa.
—¡Basta!
Nathaniel se adelantó.
—No vuelvas a levantarle la voz.
Pero yo apenas escuchaba.
Me quedé mirando al muchacho que había ocupado casi toda mi adolescencia.
Recordé aquella última noche.
Su boca contra mi cuello.
Sus promesas.
Sus manos temblando.
Durante años había querido pensar que, en algún rincón de él, al menos aquello había sido real.
Ahora comprendía algo mucho peor.
Quizá me había amado.
Pero había amado más la certeza de poseerme.
Y eso nunca había sido amor suficiente.
—Gracias —le dije a Sophie.
Ella tragó saliva.
—No espero que me perdones.
—No lo sé todavía.
Fui sincera.
—Pero gracias por contarme la verdad.
Sophie asintió.
Después miró a Ethan.
—Yo también me cansé de ser la excusa.
Dejó la copa y se marchó.
La fiesta terminó poco después.
Cuando llegamos a casa, Nathaniel se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.
Yo permanecí junto a la ventana.
Él no intentó tocarme.
—¿Quieres estar sola?
Negué.
Nathaniel se acercó.
—¿Quieres hablar?
Volví a negar.
—Entonces me quedaré aquí.
Eso era Nathaniel.
Nunca exigía.
Nunca suponía.
Nunca convertía mis emociones en algo que le perteneciera.
Me acerqué y apoyé la frente contra su pecho.
Sus brazos me rodearon.
—Lo siento —susurré.
—¿Por qué?
—Por traer todo esto a tu familia.
Se apartó lo suficiente para mirarme.
—Olivia.
—¿Sí?
—Eres mi familia.
Cuatro palabras.
Nada más.
Y entendí por qué había terminado amándolo.
No porque me hubiera rescatado de Ethan.
Sino porque jamás creyó que yo necesitara ser rescatada.
Solo necesitaba que alguien permaneciera.
Dos meses después, Ethan anunció que volvería a California.
Su madre lloró.
Su padre no intentó detenerlo.
Antes de marcharse, pidió verme una última vez.
Acepté.
Nos encontramos en el muelle detrás de la casa Caldwell.
El mismo lugar donde, cuando éramos adolescentes, Ethan me había besado por primera vez.
Llegó sin aquella sonrisa arrogante.
Parecía cansado.
—Mañana me voy.
—Lo sé.
Se metió las manos en los bolsillos.
—Probablemente no vuelva durante mucho tiempo.
—Tal vez sea lo mejor.
Asintió.
Pasaron varios segundos.
—¿Alguna vez me habrías perdonado?
Lo pensé.
—Sí.
Pareció sorprendido.
—¿De verdad?
—Pero perdonar no significa regresar.
Su expresión cayó.
—Ah.
Miré el agua.
—Durante mucho tiempo pensé que necesitaba odiarte para superarte.
—¿Y ahora?
—Ahora no siento casi nada.
Aquello fue más cruel que decirle que lo odiaba.
Ethan sonrió tristemente.
—Supongo que me lo merezco.
No respondí.
Se acercó un poco.
—¿Eres feliz con él?
Miré hacia la casa.
Nathaniel estaba en la terraza hablando por teléfono.