Como si sintiera mi mirada, levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Solo para mí.
Yo también sonreí.
—Sí.
Cuando volví a mirar a Ethan, él ya tenía la respuesta.
—Entonces perdí.
Negué suavemente.
—Ese sigue siendo tu problema.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Siempre pensaste que esto era una competencia.
Di un paso hacia él.
—Que si Nathaniel está conmigo, tú perdiste.
—Pero yo no soy un premio que alguno de ustedes haya ganado.
Ethan bajó los ojos.
—Tienes razón.
Por primera vez desde que lo conocía, no intentó defenderse.
—Lo siento, Olivia.
Esta vez su disculpa sonó diferente.
No porque esperara recuperarme.
Sino porque finalmente sabía que no podía hacerlo.
—Espero que algún día puedas perdonarme.
—Ya lo hice.
Levantó la cabeza.
—Hace tiempo.
—Entonces ¿por qué…?
—Porque perdonarte fue algo que hice por mí.
Sonreí.
—Volver contigo habría sido algo que hacía por ti.
Ethan se quedó inmóvil.
Después soltó una pequeña risa.
—Nathaniel siempre fue más inteligente que yo.
—Esto nunca tuvo que ver con inteligencia.
—¿Entonces?
Miré hacia la terraza otra vez.
—Él nunca me pidió que esperara mientras vivía su vida.
Eso fue todo.
Ethan se marchó a la mañana siguiente.
No fui al aeropuerto.
No necesitaba despedirme.
Ya lo había hecho cuatro años atrás, aunque entonces todavía no lo sabía.
Seis meses después, Nathaniel y yo celebramos nuestro cuarto aniversario.
Él reservó el pequeño restaurante donde habíamos tenido nuestra primera cita.
Nada de fotógrafos.
Nada de eventos de sociedad.
Solo nosotros.
Después de cenar, sacó una pequeña caja.
Lo miré con sospecha.
—Nathaniel Caldwell, ya estamos casados.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué es eso?
Abrió la caja.
Dentro había un anillo fino con una pequeña esmeralda.
—Cuando nos casamos —dijo—, sabía que una parte de ti todavía estaba curándose.
Mis ojos comenzaron a arder.
—Nunca me importó esperar.
Sonrió.
—Pero ahora quiero preguntarte algo que debí preguntarte entonces.
Tomó mi mano.
—Si pudieras elegir otra vez, sin escándalos, sin Ethan, sin miedo, sin obligaciones familiares…
Hizo una pausa.
—¿Me elegirías?
Las lágrimas finalmente cayeron.
Pensé en la muchacha de dieciocho años que había creído que perder a Ethan significaba perder su futuro.
Quise poder abrazarla.
Decirle que algún día entendería.
Que ser abandonada no siempre significa haber perdido.
A veces significa que alguien abrió una puerta que jamás habría tenido el valor de cruzar sola.
Miré al hombre frente a mí.
—Sí.
Nathaniel sonrió.
—¿Sí?
Me incliné y lo besé.
—Te elegiría mucho antes.
Y por primera vez, cuando pensé en aquella noche de hacía cuatro años, no sentí vergüenza.
No sentí rabia.
Ni siquiera sentí dolor.
Solo gratitud por una verdad que había tardado demasiado en comprender.
Ethan Caldwell pensó que podía abandonarme porque nadie más me querría después de él.
Nunca imaginó que el problema no sería encontrar a alguien dispuesto a quererme.
El problema sería que, cuando regresara…
yo ya habría aprendido a quererme lo suficiente como para no volver a elegirlo.