Parte 2
No abrí la puerta.
Le pedí a mi mamá que llevara a los niños al cuarto y me quedé mirando por la cortina mientras Valeria dejaba la bolsa junto al portón.
Mi suegra no bajó de la camioneta, pero alcancé a verla acomodándose el collar de perlas, tranquila, orgullosa, como si estuviera viendo una misa de domingo y no el derrumbe de mi vida.
Cuando se fueron, abrí la bolsa con las manos heladas.
Había 3 paletas, una muñeca pequeña, una libreta de unicornios y otro brazalete rosa.
La plaquita decía: “Para mi princesa Camila”.
Camila.
Así se llamaba la hija de Valeria.
La otra hija de Daniel.
Dentro venía una nota sin firma: “Las niñas no tienen la culpa de parecerse”.
Esa frase me hizo temblar más que cualquier amenaza.
Llamé a Daniel, pero no contestó.
A los 10 minutos, recibí un mensaje suyo: “No empieces.
Mi mamá solo quería conocer a su nieta”.
Su nieta.
Leí esas 2 palabras tantas veces que se me borraron en la pantalla.
Durante años, doña Elvira había venido a mis Navidades, había cargado a Mateo cuando nació, había comido en mi mesa, y al mismo tiempo sabía que Daniel tenía otra familia.
No solo lo sabía: la protegía.
Al día siguiente fui con una abogada.
Me dijo que necesitaba pruebas, no corazonadas.
Empecé a escribir todo: fechas, lugares, mensajes, regalos, apariciones.
Cambié otra vez mi rutina.
Inventé una prueba sencilla.
Le dije a Daniel por mensaje que el sábado llevaría a los niños a una librería en la Roma, pero en realidad los llevé a un parque pequeño en Xochimilco que solo mi mamá conocía.
No apareció Valeria en la librería.
Apareció en Xochimilco.
La vi desde lejos, caminando entre puestos de esquites con Camila tomada de la mano.
Casi se me doblaron las rodillas.
Esa noche revisé las mochilas de mis hijos como loca, sintiéndome culpable por sospechar hasta de sus juguetes.
En la mochila de Sofía encontré un llavero de peluche que yo no había comprado.
Tenía una costura abierta y dentro, envuelto en cinta negra, había un dispositivo diminuto.
No sabía qué era, pero mi prima, que trabajaba en una tienda de celulares, lo confirmó: era un rastreador.
Se me nubló la vista.
Daniel no solo había permitido que Valeria me encontrara.
Él le estaba dando el camino.
Pero todavía no entendía por qué.
La respuesta llegó el cumpleaños de Mateo.
Yo había rentado un salón infantil sencillo en Iztapalapa, con globos azules, pastel de chocolate y una piñata de dinosaurio.
Daniel insistió en ir.
Llegó con doña Elvira, sus hermanos y una sonrisa de padre ejemplar.
Durante 1 hora cargó a Mateo, sirvió refrescos, se tomó fotos.
Luego, cuando todos estaban cantando Las Mañanitas, la puerta se abrió.
Entró Valeria con Camila vestida de rosa.
El salón entero se quedó callado.
Daniel fingió sorpresa, pero su madre se levantó de inmediato y abrazó a Camila frente a todos.
Sofía soltó mi mano.
Mi suegra dijo en voz alta que los niños debían aprender a quererse porque eran hermanos.
Sentí que todo el aire se iba.
Daniel se acercó a mí y susurró que, si hacía un escándalo, todos verían que yo era una mujer inestable y él pediría quedarse con los niños.
Entonces entendí el plan completo: provocarme, grabarme, hacerme parecer loca.
Pero esa vez no grité.
Saqué el rastreador de mi bolso, lo puse sobre la mesa del pastel y le pedí al DJ que apagara la música.
Todos miraron.
Daniel se puso pálido.
Y antes de que pudiera quitarme el celular, reproduje el audio donde Valeria decía entre lágrimas: “Si Mariana descubre que tú me pediste seguirla, te vas a quedar sin ninguna de las 2 familias”.