PARTE 2
La hoja estaba amarillenta en los bordes.
La desdoblé sobre la mesa del comedor.
Al principio pensé que era una de aquellas cartas cursis que Adrian me escribía cuando éramos estudiantes.
No lo era.
En la parte superior aparecía su nombre completo: Adrian Robert Bennett.
Debajo, el mío.
Luego una lista de cantidades, fechas y conceptos.
Matrícula universitaria.
Alquiler.
Préstamo para su primer automóvil.
Depósito inicial de nuestra casa.
Dinero que mis padres nos habían prestado para la remodelación.
Al final había una declaración escrita por él:
“Reconozco que gran parte de lo que tengo hoy fue posible gracias a Elena Morales. Si nuestro matrimonio termina porque yo traiciono nuestra relación o mantengo una relación con otra persona, devolveré el dinero recibido de Elena y no reclamaré como propio aquello que fue adquirido principalmente con sus aportes.”
Debajo aparecía su firma.
La mía.
Y otras dos.
Las de sus padres.
Entonces lo recordé.
Tres días antes de nuestra boda, Adrian había aparecido en mi apartamento con aquella hoja.
Yo me había enfadado muchísimo.
—¿Qué tontería es esta?
Él había insistido.
—No es una tontería.
En aquella época apenas tenía nada. Acababa de conseguir un buen empleo, todavía pagaba deudas y yo había financiado buena parte de nuestros años universitarios.
Adrian siempre decía que le avergonzaba que yo hubiera sacrificado tanto por él.
—Quiero que sepas que jamás olvidaré lo que hiciste.
Yo rompí a reír.
—Nos vamos a casar. Tu dinero será mío y el mío será tuyo.
Pero él no sonrió.
—Precisamente por eso.
Sus padres estaban presentes.
Margaret, su madre, incluso le dijo:
—Un hombre debe saber agradecer. Firma.
Firmamos.
Luego guardamos el documento.
Después de la boda desapareció entre cajas, papeles, mudanzas y años de vida cotidiana.
Yo lo había olvidado.
Adrian también.
Pero aparentemente alguien lo había colocado detrás de nuestra fotografía de boda.
Llamé a mi abogada esa misma tarde.
No esperaba milagros.
Y se lo dije.
—Sé que una hoja escrita hace seis años quizá no sirva para nada.
Rachel la leyó dos veces.
—Por sí sola, no quiero prometerte nada.
Luego levantó los ojos.
—Pero combinada con transferencias bancarias, recibos, registros de propiedad y cualquier prueba del origen del dinero… puede resultar muy útil.
Saqué mi teléfono.
—También tengo esto.
Le puse la grabación.
La voz de Adrian llenó el despacho.
“Yo fui quien cometió el error.”
Luego:
“Si no fuera por Claire…”
Y finalmente:
“Como no tenemos hijos, será más sencillo.”
Rachel dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Él sabe que estás embarazada?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Piensas decírselo?
Miré por la ventana.
—Todavía no lo sé.
Era la primera vez que alguien me hacía aquella pregunta sin decirme qué debía hacer.
No “tienes que conservarlo”.
No “debes interrumpirlo”.
No “piensa en Adrian”.
Solo:
¿Qué quieres tú?
Y descubrí que no tenía respuesta.
Durante dos años había querido un hijo con desesperación.
Me había sometido a análisis, inyecciones, tratamientos, calendarios, expectativas y decepciones.
Cada mes, cuando aparecía mi periodo, encerraba el dolor en el baño para que nadie lo viera.
Adrian me abrazaba algunas veces.
Otras estaba fuera trabajando.
Después empezó a regresar cada vez menos.
Yo atribuía su distancia al cansancio.
Qué fácil resulta explicar las ausencias de alguien cuando todavía lo amas.
Adrian volvió el viernes.
Entró en casa con una pequeña maleta y la expresión de quien venía a resolver un asunto administrativo.
Ni siquiera preguntó cómo estaba.
Se sentó frente a mí.
—¿Lo pensaste?
—Sí.
Pareció sorprendido por mi rapidez.
—Quiero divorciarme.
Su cuerpo se relajó.
Aquello me dolió más de lo que esperaba.
Había imaginado durante días el momento de pronunciar aquella palabra.
Una parte absurda de mí todavía esperaba ver en su rostro algún rastro de arrepentimiento.
No apareció.
—Bien —dijo—. Será mejor si lo hacemos de manera civilizada.
—De acuerdo.
—El apartamento donde me quedo puedo seguir pagándolo yo. Esta casa… podemos venderla y repartir.
Lo miré.
Así, sin más.
La casa.
Nuestra casa.
La casa cuyo depósito inicial había salido de mis ahorros y de un préstamo de mis padres.
La casa donde yo había discutido con electricistas, pintores y albañiles mientras Adrian estaba a tres estados de distancia.
La casa donde había cuidado a su madre después de una operación.
La casa donde había esperado inútilmente cada viernes escuchar su llave en la puerta.
—No —respondí.
Adrian frunció el ceño.
—¿No qué?
—No quiero venderla.
—Elena, la casa es de los dos.
—Entonces dejaremos que los abogados revisen exactamente cuánto pertenece a cada uno.
Su expresión cambió.
—Pensé que no haríamos esto difícil.
Me quedé fascinada por aquella frase.
¿Difícil?
Él podía llevar a otra mujer a nuestra cama.
Podía decirme que su amante era la razón por la que seguía soportando su vida.
Podía pedirme el divorcio.