Aunque pensándolo bien, yo nunca había hecho aquella promesa.
Él solo me lo había pedido.
—Pregúnteselo a su hijo.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Tragué saliva.
—Hay otra mujer.
Margaret dejó de respirar durante un segundo.
—No.
—Sí.
—Elena, quizá viste mal…
—Los vi juntos en la cama.
Silencio.
Después oí un sonido.
Como si hubiera dejado caer algo.
—¿Quién?
—Una compañera de trabajo.
Margaret empezó a llorar.
Yo no esperaba aquello.
—¿Desde cuándo?
—Ocho meses.
—Dios mío.
Intenté consolarla, pero sus siguientes palabras hicieron que yo también tuviera que contener el llanto.
—¿Estabas sola cuando los viste?
No preguntó qué había hecho yo para provocar la infidelidad.
No preguntó si podía perdonarlo.
Solo quiso saber si había tenido que atravesar aquella puerta sola.
—Sí.
—Elena…
—Estoy bien.
Era mentira.
Pero Margaret fingió creerme.
Aquella tarde Adrian me llamó furioso.
—¡Te pedí que no se lo dijeras a mis padres!
—Tu madre me preguntó.
—Podías haber dicho que eran problemas nuestros.
—Tu relación con Claire también era un problema “nuestro”, y aun así invitaste a una tercera persona.
Guardó silencio.
—Mi padre no quiere hablarme.
—Eso es entre tu padre y tú.
—Elena, no tienes que destruir mi relación con mi familia.
Por primera vez perdí la paciencia.
—¡Deja de responsabilizarme de las consecuencias de tus decisiones!
Mi voz resonó en la cocina.
Adrian se quedó callado.
Yo también.
Luego bajé el tono.
—No fui yo quien se acostó con Claire.
—Ya lo sé.
—No fui yo quien gastó dinero familiar en hoteles y regalos.
—Ya lo sé.
—No fui yo quien te obligó a mentir durante ocho meses.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de llamarme cada vez que algo de tu nueva vida te incomode.
Colgué.
Me temblaban las piernas.
Pero aquella noche dormí cinco horas seguidas por primera vez desde que había descubierto la infidelidad.
Quedaban tres días para mi cita en el hospital.
Seguía sin saber qué hacer.
Una parte de mí pensaba que interrumpir el embarazo sería cerrar aquella puerta para siempre.
Divorciarme.
Vender recuerdos.
Empezar de nuevo.
Otra parte miraba la ecografía y solo podía pensar:
Te esperé durante dos años.
Pero también sabía algo importante.
Un hijo no era una recompensa por sobrevivir a una traición.
Tampoco debía convertirse en un castigo.
Y mucho menos en una herramienta para retener a un hombre que ya había elegido marcharse.
Así que fui sola a una consulta.
No para el procedimiento.
Solo para hablar.
La doctora me explicó mis opciones.
Sin sermones.
Sin presión.
Al salir del consultorio me quedé sentada veinte minutos dentro del coche.
Después saqué la ecografía del bolso.
—No sé qué hacer contigo —susurré.
Y por primera vez desde que supe que estaba embarazada, la pregunta dejó de incluir a Adrian.
No pensé:
¿Qué querría él?
¿Qué dirían sus padres?
¿Cómo afectaría el divorcio?
Pensé:
¿Qué quiero yo?
La respuesta no llegó inmediatamente.
Pero llegó.
Lloré durante casi una hora.
Después llamé al hospital.
Cancelé la intervención.
No porque Adrian mereciera un hijo.
No porque creyera que el bebé arreglaría nuestro matrimonio.
Sino porque, incluso imaginando mi vida sin Adrian, seguía queriendo aquel embarazo.
El miedo permanecía.
Pero la decisión era mía.
Decidí no contarle nada todavía.
Rachel me recomendó separar las dos cuestiones.
Primero organizar mis finanzas.
Documentar todo.
Después abordar el embarazo.
Durante los siguientes días revisamos seis años de movimientos bancarios.
Lo que encontramos fue peor de lo que esperaba.
Adrian no solo había gastado dinero con Claire.
Desde hacía casi un año transfería cantidades pequeñas de nuestra cuenta común hacia una cuenta personal.
Nada enorme.
Quinientos dólares.
Ochocientos.
Mil doscientos.
Lo suficiente para pasar desapercibido entre hipoteca, seguros, impuestos y facturas.
En total, casi diecinueve mil dólares.