PARTE 2
—Nos vamos —dijo Camila, tomando a Lucía de la mano.
Alejandro se colocó frente a ellas, sin tocarlas.
—Hay una amenaza en el edificio. Mi camioneta está afuera.
—No me voy a subir a tu camioneta.
—Camila, no es momento de discutir.
—Yo tuve 6 años para aprender a salir adelante sin ti. No me des órdenes ahora.
La frase lo golpeó más que cualquier insulto. Alejandro miró a Lucía, que ya tenía los ojos llenos de miedo.
—¿Alguien nos quiere hacer daño? —preguntó la niña.
Camila se agachó.
—No, mi vida. Solo vamos a salir con calma.
Alejandro también se agachó, manteniendo distancia.
—Cuando un lugar tiene un problema, la gente sale despacio, sin correr. Como en los simulacros.
Lucía asintió. Tomó la mano de su mamá y, después de dudarlo, también tomó la de Alejandro.
Los 2 adultos se quedaron inmóviles.
—Caminen —ordenó ella—. Mi maestra dice que quedarse congelado también es peligroso.
Salieron por la cocina entre meseros nerviosos y cocineros apagando hornillas. La lluvia convertía la calle en un espejo. Alejandro señaló una cafetería iluminada a media cuadra.
—Lugar público. Cámaras. 2 salidas. Tú escoges la mesa.
Camila odiaba que sonara razonable. Pero Lucía temblaba de frío.
—10 minutos —aceptó.
Dentro, la niña pidió chocolate caliente y papas porque, según ella, “los sustos dan hambre”. Camila se sentó cerca de la puerta. Alejandro dejó a sus escoltas fuera, visibles pero lejos.
Por unos minutos nadie dijo lo importante.
Lucía volvió a su laberinto. Alejandro le ayudó a encontrar la salida. Camila sintió rabia al verlo tan cuidadoso, tan natural, como si no hubiera faltado a cada fiebre, a cada cumpleaños, a cada noche en que Lucía preguntó por un papá que ella no sabía cómo explicar.
Finalmente, Alejandro habló.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Camila soltó una risa amarga.
—Sí te dije.
—No.
—Fui a tu oficina cuando tenía 3 meses de embarazo. Me recibió Mauricio Salazar, tu abogado. Dijo que tú no querías verme, que si insistía iban a acusarme de extorsión.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Mauricio jamás me informó eso.
—También me dio esto.
Camila sacó de su bolsa una hoja vieja, doblada muchas veces. Tenía el membrete de la empresa Valdés y una firma al final. Decía que Alejandro renunciaba a cualquier contacto con ella y con el bebé.
Él tomó el papel. Lo miró apenas unos segundos.
—Esta firma no es mía.
Camila se quedó sin habla.
—¿Qué?
—La falsificaron.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Alguien escribió tu nombre sin permiso?
—Sí —respondió Alejandro—. Y eso es muy grave.
Entonces la niña abrió su mochila para guardar los crayones. De entre sus cuadernos cayó una credencial plastificada, mojada por la lluvia.
Camila palideció.
—Eso no es nuestro.
Alejandro la levantó.
Tenía el logotipo de su empresa y una fecha de esa misma semana. En la parte de atrás, escrito con plumón negro, había una frase:
“Si la niña llega hasta él, todo se acaba.”
Camila sintió hielo en la espalda. Recordó a un hombre que las había empujado en la banqueta minutos antes de entrar al restaurante. Un hombre con chamarra negra que pidió perdón demasiado rápido.
Alejandro llamó a su jefe de seguridad.
—Traigan a Mauricio. Y revisen quién tocó esa mochila.
Camila abrazó a Lucía con fuerza, porque entendió algo terrible: no habían llegado ahí por casualidad, alguien llevaba días siguiendo a su hija.
¿Tú crees que Alejandro también fue víctima de una mentira o Camila tenía razón en desconfiar? Lee el final, porque la verdad que falta va a cambiarlo todo.
PARTE 3