PARTE 1
—¿Me puedo sentar con usted hasta que regrese mi mamá?
La voz de la niña tembló en medio del restaurante más elegante de Polanco, justo cuando varias miradas se clavaron en sus botas rojas llenas de lluvia y en la mochila morada que apretaba contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
La hostess ya le había dicho 2 veces que no podía estar ahí.
—Niña, este no es lugar para esperar. Tu mamá debe estar afuera.
—Mi mamá dijo que no me quedara en la puerta —contestó ella, con los ojos aguados—. Dijo que si me perdía, buscara un lugar con gente y no me moviera.
Algunas señoras voltearon con fastidio. Un hombre murmuró que aquello arruinaba el ambiente. Nadie se levantó.
Nadie, excepto Alejandro Valdés.
Todos en la ciudad conocían ese apellido. Dueño de una empresa portuaria y de transporte, Alejandro era de esos hombres que no necesitaban levantar la voz para que la gente le tuviera miedo. Sus escoltas estaban detrás de él, serios, vigilando cada movimiento.
—Señor, yo puedo sacarla —dijo uno.
—No la toques.
La niña caminó hasta su mesa.
—Perdón. La señorita de la entrada quiere que espere junto a la puerta, pero allá hay mucha gente empujando.
Alejandro la miró con una dureza que se le fue deshaciendo poco a poco.
—Siéntate.
—¿De verdad?
—De verdad.
La niña subió a la silla con cuidado.
—Gracias. Me llamo Lucía. Tengo 6 años, pero casi 7. Aunque mi mamá dice que “casi” no cuenta cuando uno quiere portarse como grande.
Alejandro no pudo evitar una risa breve. Sus escoltas se miraron, sorprendidos.
Lucía sacó de su mochila una hoja arrugada con un laberinto de astronautas.
—No encuentro la salida.
—A ver.
Él tomó un crayón azul. La niña lo observó con desconfianza.
—Mi mamá dice que no debo confiar en adultos que prometen resolver todo rápido.
—Tu mamá parece una mujer muy lista.
—Sí. También dice que los hombres serios a veces son los que más esconden.
Alejandro dejó de mover el crayón.
En ese momento, la puerta se abrió con fuerza. Entró una mujer empapada, con el cabello pegado al rostro y la respiración rota.
—¡Lucía!
La niña se levantó.
—¡Mamá!
Camila Ríos corrió hacia ella, pero al ver al hombre sentado frente a su hija, se quedó helada. El color se le fue de la cara.
Alejandro también se puso de pie.
Durante 7 años había intentado olvidar esos ojos.
—Camila… —dijo él.
Lucía miró a uno y a otro.
—¿Conoces al señor serio?
Camila tragó saliva.
—Sí, mi amor. Lo conozco.
Alejandro bajó la mirada hacia la niña. Sus ojos. La forma de apretar los labios. La misma pequeña arruga entre las cejas cuando esperaba una respuesta.
—¿Cuándo nació? —preguntó con la voz apagada.
—El 12 de febrero —respondió Lucía—. Mi pastel fue de vainilla, pero se cayó un pedazo.
Alejandro hizo la cuenta en silencio. Camila lo vio entender.
—Dime que estoy equivocado —pidió él.
Camila abrazó a su hija.
—No estás equivocado.
El restaurante entero pareció quedarse sin aire.
—¿Es mi hija?
Camila cerró los ojos.
—Sí. Lucía es tu hija.
Antes de que la niña pudiera comprender lo que acababa de escuchar, uno de los escoltas recibió una llamada. Su rostro cambió.
Se acercó a Alejandro y susurró:
—Señor, encontraron un paquete con su nombre en la entrada de servicio.
Camila sintió que el suelo se abría, porque lo peor no era que Alejandro acabara de descubrir a su hija… sino que alguien más parecía haberlo planeado todo.
¿Qué harías tú si después de 6 años el hombre que creíste que te abandonó apareciera frente a tu hija? Cuéntalo, porque esto apenas empieza.
PARTE 2