Luego Gabriel Montalvo, de Puebla.
Después una mujer elegante de Mérida llamada Doña Isabel Carranza, que apenas hablaba en reuniones, dejó su copa sobre la mesa y preguntó:
—¿La señora Salazar no asistirá?
—No —contestó Alejandro con evidente molestia.
Doña Isabel cerró lentamente su carpeta.
—Entonces esperaré.
—¿Esperar qué?
—A ella.
La palabra comenzó a extenderse.
Esperar.
La orquesta seguía tocando suavemente.
Los meseros continuaban trabajando.
Pero las siete mesas principales permanecían vacías.
Las sillas reservadas para los jefes seguían intactas.
A las ocho cincuenta debía comenzar la gala.
A las nueve diecisiete nadie se había sentado.
Alejandro encontró al coordinador del evento junto a la cocina.
Estaba sudando.
—¿Qué sucede?
—Señor Salazar… todos están esperando.
—¿Esperando qué?
El hombre tragó saliva.
—A la señora Valeria Salazar.
Alejandro abrió los ojos.
—Eso es ridículo.
—Solo repito lo que dijeron.
Alejandro se alejó antes de perder el control.
Camila permanecía cerca del bar.
Seguía siendo hermosa.
Seguía sonriendo.
Pero la seguridad empezaba a desaparecer de sus hombros.
Esperaba murmullos.
Desprecio.
Tal vez algunas miradas incómodas.
Jamás imaginó que una gala completa se detendría por la ausencia de una mujer.
Alejandro caminó hacia el hombre más respetado del salón.
Don Sebastián Navarro.
Ochenta años.
Cabello completamente blanco.
La voz tranquila de alguien que había sobrevivido a demasiadas guerras.
—Don Sebastián.
—Alejandro.
—Tenemos que empezar.
—Sí.
—Entonces ¿por qué nadie toma asiento?
Don Sebastián se volvió lentamente.
Sus ojos parecían cansados.
Pero seguían siendo capaces de hacer temblar a ministros, empresarios y gobernadores.
Y formuló la misma pregunta que todos habían hecho durante toda la noche.
—¿Dónde está Valeria?
Alejandro sintió por primera vez en muchos años algo parecido al miedo.
Miró alrededor del salón.
Cuarenta y tres personas seguían de pie.
Cuarenta y tres personas que podían comprar jueces, desaparecer expedientes o decidir el destino de empresas enteras con una sola llamada telefónica.
Y todas estaban esperando a una sola mujer.
A Valeria.
—No entiendo qué está pasando —dijo Alejandro, intentando mantener la calma—. Valeria es mi esposa, sí. Pero esta reunión es del Consejo. Yo soy el jefe de la familia Salazar.
Don Sebastián dejó lentamente su vaso sobre una mesa auxiliar.
—No, muchacho.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—Tú diriges a los hombres que llevan tu apellido. Pero el Consejo no reconoce únicamente la sangre. Reconoce la confianza.
Hubo un silencio incómodo.
Don Ernesto Villalobos se acercó.
—Tu padre lo entendía perfectamente.
—Mi padre está muerto.
—Precisamente por eso deberías recordar sus enseñanzas.
Alejandro sintió que la paciencia comenzaba a agotársele.
—Basta de acertijos.
Don Sebastián sonrió.
—¿Nunca te preguntaste por qué tu padre jamás tomaba decisiones importantes sin consultar a Valeria?
Alejandro soltó una pequeña carcajada.
—Porque era educado.
Varias personas intercambiaron miradas.
Doña Isabel Carranza negó con la cabeza.
—Pobre muchacho.
Camila observaba todo desde lejos.