PARTE 2
Solté a Elena solo porque Mateo estaba mirando.
—Termina tu pastel, campeón —le dije, aunque mi voz no parecía mía.
Mateo levantó la vista.
—¿Mamá va a venir si me lo acabo?
Esa pregunta me atravesó más hondo que cualquier bala.
—Mamá siempre está contigo.
Elena me entregó el sobre. El papel pesaba como si dentro llevara una tumba entera.
Lo abrí en el despacho de Sofía, una habitación que nadie había tocado desde su muerte. Sus perfumes seguían sobre el tocador. Un rebozo azul colgaba del respaldo de una silla. La libreta donde anotaba recetas estaba cerrada junto a la ventana.
La carta decía:
Alejandro, si estás leyendo esto, Mateo está en peligro y Elena por fin encontró el valor para buscarte. No la castigues. Ella salvó a nuestro hijo una vez.
Levanté la mirada.
—¿Una vez?
Elena tragó saliva.
—Siga leyendo.
Los médicos te dirán que Mateo nació con un corazón débil. Es mentira. Su corazón fue dañado. Alguien empezó a envenenarlo antes de que cumpliera un año. Dosis pequeñas. Suficientes para destruirlo despacio. Suficientes para que pareciera obra de Dios.
Sentí que el piso se movía.
Mateo había nacido sano. Pequeño, sí, pero sano. Recordé a Sofía llorando cuando lo pusieron en su pecho. Recordé sus ojos abiertos cuando escuchó mi voz por primera vez.
—No —murmuré.
—Sofía encontró el primer frasco —dijo Elena—. Era un suplemento que el doctor Robles mandó cuando Mateo tenía ocho meses. Yo trabajaba entonces en lavandería. Noté que olía distinto después de que alguien lo cambió.
—¿Usted trabajaba aquí?
—Sí. Pero usted no conocía a todos sus empleados. Conocía los nombres que le daba su jefe de seguridad.
Quise enojarme. No pude. Porque tenía razón.
Elena siguió.
—Mi hermano Marco trabajaba en el garaje. Una noche vio a alguien entrar al pasillo del cuarto de Mateo con un maletín médico. Al día siguiente me lo contó. Esa tarde desapareció. Después dijeron que había robado dinero y huido.
Recordé el informe. Recordé haberlo firmado sin leerlo dos veces.
—¿Y era mentira?
Los ojos de Elena se llenaron de rabia.
—Plantaron el dinero. Marco no robó nada.
La carta de Sofía mencionaba un cajón escondido en su escritorio. Elena sacó una llave diminuta que llevaba colgada al cuello. Debajo de una moldura, el cajón se abrió.
Dentro había fotografías, expedientes médicos, estados de cuenta y una grabadora negra.
Presioné reproducir.
La voz de Sofía llenó la habitación.
“Alejandro, siempre pensaste que el peligro llegaría por la puerta principal. Por eso pusiste muros, cámaras y hombres armados. Pero el peligro no saltó la barda. Tú lo invitaste a entrar.”
Me quedé sin respirar.
“Alguien usa tres fundaciones médicas falsas para comprar compuestos experimentales y falsificar diagnósticos. Mateo no fue el primer niño. Tal vez no será el último. No confíes en la clínica privada. No confíes en Robles. Y, sobre todo, no confíes en quien te dijo que mi muerte fue venganza.”