La grabación terminó con una frase que me congeló la sangre.
“Tu hermano Rodrigo no se ahogó en Chapala.”
Rodrigo.
Mi hermano mayor.
El que supuestamente murió a los diecisiete años durante una tormenta en el lago.
Mateo, que se había quedado dormido en la cama de Sofía, despertó y señaló una fotografía sobre el escritorio. En ella aparecía un hombre alto, de abrigo oscuro, medio oculto frente a una clínica. Tenía una cicatriz en la ceja derecha.
—Él viene en la noche —susurró mi hijo.
Me volteé.
—¿Qué dijiste?
—El señor de la foto. Viene cuando todos duermen.
Le levanté la manga. En el brazo tenía una marca roja, diminuta, reciente.
En ese momento, la ventana estalló.
Elena cayó al suelo justo antes de que una bala pegara en la pared donde estaba su cabeza. Los guardias entraron gritando. Las alarmas se encendieron. Afuera sonaron disparos secos, organizados, profesionales.
Tomé a Mateo en brazos y corrí al pasillo.
Las luces se apagaron.
Una iluminación roja de emergencia bañó la casa.
Al fondo, una puerta se abrió.
Un hombre apareció entre las sombras.
Alto. Canoso. Con la cara marcada por quemaduras viejas.
Yo conocía esa mandíbula. Conocía esa cicatriz.
—Rodrigo —dije.
Mi hermano muerto sonrió sin alegría.
—Sigues rodeándote de armas, hermanito.
Apunté a su pecho.
—Aléjate de mi hijo.
—Si me matas —dijo, levantando un frasco transparente—, Mateo no llega vivo al amanecer.
—Tú lo inyectaste.
—Sí.
Mi dedo apretó el gatillo.
—Pero no para matarlo. Para mantenerlo vivo hasta sacarlo de aquí.
Un olor dulce, como almendra amarga, empezó a salir de las rejillas del aire acondicionado. Uno por uno, mis hombres comenzaron a toser. Elena sangró por la nariz. El doctor Robles cayó de rodillas.
Gas.
Rodrigo me lanzó una sola máscara.
—Pónsela al niño.
La puse sobre la boca de Mateo mientras mi vista se nublaba.
Rodrigo lo tomó de mis brazos.
—No —intenté decir.
Él se inclinó y me puso algo en la mano: el anillo de bodas de Sofía.
—Ella estaba viva cuando te dijeron que había muerto.
Elena, arrastrándose por el piso, levantó la carta con una mano temblorosa.
—¡Rodrigo! Hay otra instrucción.
Mi hermano se detuvo.
—¿Cuál?
Elena me miró justo antes de que la oscuridad me tragara.
—Sofía dijo que Alejandro nunca debía saber que Mateo no era su único hijo.