Las alarmas sonaron antes de llegar al quirófano central.
Una voz salió de los altavoces.
—Bienvenido a casa, Alejandro.
Ignacio.
Mi padre.
El hombre que me enseñó que el miedo era respeto.
Detrás de un vidrio blindado estaba Mateo sobre una camilla. Rodrigo sostenía un frasco azul. En una silla, con las muñecas atadas, estaba Sofía.
Viva.
Más delgada. Con el cabello corto. Con ojeras profundas.
Pero viva.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al verme.
—Alejandro —formó con los labios.
Golpeé el vidrio con ambas manos.
—¡Sofía!
La voz de Ignacio volvió, fría, elegante, podrida.
—Tu hijo necesita dos compuestos. Rodrigo tiene uno. Yo tengo el otro.
Sofía gritó desde el otro lado:
—¡No lo escuches! ¡Siempre te obliga a elegir!
Ignacio apareció entre las sombras con un frasco pequeño.
—Mateo o Sofía. Uno vive ahora. El otro se apaga en menos de una hora.
Ese era su verdadero talento. No matar. Convertir el amor en una trampa.
Entonces Elena, que revisaba una terminal médica, levantó la vista.
—Está mintiendo. Hay más dosis en el refrigerador tres.
Ignacio volteó apenas.
Ese medio segundo bastó.
Disparé al panel de seguridad. Gabriel rompió la cerradura manual. Rodrigo derribó a un guardia. El vidrio se abrió con un chasquido.
Corrí hacia Sofía. Corté sus ataduras. Ella cayó en mis brazos y durante un instante todo el horror del mundo quedó fuera de su respiración.
—Perdóname —sollozó—. Intenté volver.
—Ya volviste.
Rodrigo inyectó el primer compuesto a Mateo.
El monitor chilló.
Luego se volvió plano.
—¿Qué hiciste? —grité.
—Su corazón tiene que detenerse para reiniciar —dijo Rodrigo, con la voz rota—. Si el segundo compuesto llega a tiempo, vuelve.
Elena regresó con una caja llena de frascos azules.
Ignacio había mentido. No había una dosis. Había docenas. Quería verme escoger porque así se sentía Dios.
Sofía tomó uno para ella. Rodrigo puso otro en la vía de Mateo.
Pasaron diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Nada.
Sofía se desplomó contra mí.
—Mi niño…
Me acerqué a la camilla, tomé la mano diminuta de Mateo y apoyé la frente en sus dedos.
—Campeón, papá está aquí. Si estás cansado, te cargo. Si tienes miedo, te abrazo. Pero no te vayas solo. No otra vez. No después de todo esto.
Un pitido sonó.
Luego otro.
Luego otro.
El corazón de Mateo volvió débil, torcido, terco, vivo.
Rodrigo se cubrió la cara con las manos. Sofía lloró sin sonido. Yo besé la frente de mi hijo y por primera vez desde la muerte falsa de su madre, sentí aire dentro del pecho.
Pero Ignacio no había terminado.