PARTE 3
Desperté en el piso de mármol con el anillo de Sofía clavado en la palma.
Mateo ya no estaba.
La casa olía a vidrio quemado, pólvora y traición. Algunos guardias seguían inconscientes. Otros vomitaban por el gas. Elena estaba junto a la pared, pálida, pero viva.
La tomé por los hombros.
—¿Qué quisiste decir? ¿Qué otro hijo?
Sus ojos se cerraron un segundo.
—Una niña. Isabella.
—Sofía nunca tuvo una hija.
—Sí la tuvo. Antes de casarse con usted.
Sentí que el mundo se abría bajo mis pies.
—¿Dónde está?
—Casa Hogar Santa Clara, en las afueras de Puebla. Con otro nombre. Sofía la escondió porque la gente que la perseguía ya la buscaba antes de conocerlo a usted.
—¿Y por qué la perseguían?
Elena lloró por primera vez.
—Porque Sofía descubrió lo que su familia hacía con niños enfermos.
A la hora siguiente, recibí una llamada de mi tío Gabriel, el hombre que me había criado después de la supuesta muerte de mi padre.
—Rodrigo está vivo —le dije.
Hubo silencio.
No sorpresa.
Silencio.
—Usted sabía.
—Ven a la iglesia vieja de Analco —respondió—. Solo. Si quieres volver a ver a Mateo respirando.
Fui con una pistola en la cintura y el alma hecha piedra.
Gabriel estaba frente al altar, sin escoltas. A su lado había una niña de ocho años con el cabello oscuro y los ojos de Sofía. Me miró como si hubiera visto mi rostro en sueños.
—¿Tú eres el papá de Mateo? —preguntó.
No pude hablar.
Gabriel puso una mano en su hombro.
—Alejandro, ella es Isabella.
La niña dio un paso hacia mí.
—Mi mamá dijo que vendrías cuando los monstruos nos encontraran.
Entonces entendí algo que me rompió por dentro: Sofía no había escondido a esa niña porque no confiara en mí. La había escondido porque pensaba que amarme era ponerle una mira en la frente.
Gabriel me contó la verdad a pedazos, como quien desentierra huesos.
Mi padre, Ignacio Santillán, no había muerto como todos creímos. Había cambiado de rostro, de nombre y de país durante años. Bajo fundaciones médicas y clínicas privadas, construyó una red para probar compuestos experimentales en niños sin poder, niños de orfanatos, hospitales públicos y comunidades donde nadie preguntaba demasiado. Lo llamaban Proyecto Lázaro.
Rodrigo lo descubrió a los diecisiete. Ignacio intentó matarlo en Chapala. Gabriel lo ayudó a escapar y dejó que yo creyera que mi hermano se había ahogado.
—¿Y Sofía? —pregunté.
Gabriel bajó la mirada.
—Sofía descubrió la red después del nacimiento de Isabella. Años más tarde, cuando tú y ella se casaron, Ignacio la reconoció. Ordenó el ataque a su camioneta. Rodrigo intentó sacarla con vida, pero la gente de Ignacio llegó primero.
—¿Está viva?
Gabriel tardó demasiado en responder.
—Rodrigo cree que sí.
Partimos esa noche hacia una clínica abandonada cerca de Tapalpa, escondida bajo un antiguo convento restaurado con dinero de mi propia fundación. Yo había firmado esas donaciones sin saber que estaba financiando el infierno.
Entramos por un túnel de servicio. No llevé un ejército. Llevé a Gabriel, Elena y tres hombres que todavía no habían vendido su alma. Isabella quedó bajo protección de la Fiscalía, pero antes de irse me tomó la mano.
—Si encuentra a mi mamá, dígale que no me olvidé de su canción.
Le prometí hacerlo.
Bajo el convento encontramos habitaciones blancas, camas pequeñas, niños dormidos con sensores pegados al pecho. Algunos tenían cicatrices. Otros respiraban con ayuda de máquinas. En una puerta de vidrio, leí el nombre que Sofía había escrito en sus notas: LÁZARO.