Con una cocina tan angosta que si abrías el horno bloqueabas la heladera.
Lo miré confundida.
—¿Y… la casa?
—Esta es.
—¿Y las propiedades?
—Bueno… dije “propiedad” porque suena más elegante que “alquiler”.
Sentí que mi espíritu abandonaba mi cuerpo.
Pero faltaba lo peor.
Golpearon la puerta.
Era una señora con ruleros.
—Osvaldo, acordate que mañana vence el alquiler.
EL ALQUILER.
YO ME HABÍA CASADO CON UN HOMBRE QUE TAMBIÉN ALQUILABA.
Lo miré desesperada.
—¿Vos NO sos millonario?
Y el viejo, indignado, respondió:
—¡Nunca dije eso!
—¡Me llevabas a hoteles caros!
—¡Porque tenía cupones de descuento!
—¡Usabas reloj de oro!
—¡Era de mi abuelo!
—¡Y el auto?
—Uber.
Esa noche lloré en el baño mientras Osvaldo me gritaba desde la cocina:
—¡No uses mucho papel higiénico que está caro!
Encima el hombre tenía hábitos imposibles.
Guardaba los sobres de azúcar “por las dudas”.
Cortaba las esponjas a la mitad.
Y apagaba el router de internet antes de dormir para ahorrar luz.
Yo había planeado una vida de lujo…
y terminé discutiendo con un anciano porque prendí el aire acondicionado veinte minutos.
Mi mamá, cuando vino a visitarnos, miró el departamento y me preguntó:
—¿Este es el geriátrico o viven acá?
Ahora trabajo el doble.
Pago la mitad del alquiler.
Y Osvaldo sigue diciendo orgulloso:
—Lo importante es que nos tenemos el uno al otro.
SÍ, OSVALDO.
PERO YO PENSABA QUE TAMBIÉN TENÍAMOS PLATA.
¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar?
Comenten, compartan y etiqueten a esa amiga que siempre busca “un hombre estable”… aunque viva con la jubilación mínima .