“Me casé con un anciano por su dinero”, dije orgullosa delante de toda mi familia.
Mi tía casi se cae de la silla.
—¿Vos estás enamorada o directamente perdiste la dignidad?
—La dignidad no paga las cuentas, tía —respondí mientras agarraba otra empanada del cumpleaños.
Y sinceramente…
yo estaba destruida económicamente.
El dueño del departamento ya me había mandado tres mensajes:
“Último aviso”.
La tarjeta estaba explotada.
Debía plata en todos lados.
Y mi ex, encima, subía fotos en Brasil con una chica que parecía hecha con inteligencia artificial.
Entonces apareció Osvaldo.
Setenta y nueve años.
Camisas impecables.
Reloj dorado.
Perfume caro.
Y una forma de hablar tan elegante que yo ya lo imaginaba dueño de media ciudad.
Lo conocí en una cafetería.
Yo estaba contando monedas para un café chico cuando él le dijo a la moza:
—A la señorita sírvale lo que quiera.
YO ESCUCHÉ ESO
Y EN MI CABEZA YA SONABAN VIOLINES.
Después empezó a llevarme a lugares lindos.
Restaurantes caros.
Teatro.
Hoteles hermosos.
Yo pensaba:
“LISTO.
Encontré al abuelo millonario definitivo”.
Mis amigas estaban indignadas.
—Eso no es amor.
—Claro que sí —decía yo—. Amor a no pagar más impuestos.
Encima Osvaldo siempre hablaba raro.
—Cuando lleguemos a casa…
—Mi otra propiedad…
—El encargado…
—La administración…
¿Yo qué imaginaba?
Una mansión.
Mínimo un piso en Puerto Madero.
Quizás un yate.
Entonces, cuando me propuso matrimonio, acepté TAN rápido que el juez casi se ríe.
Y ahí cometí mi error.
Porque después de casarnos, insistí en mudarme con él.
—Quiero conocer nuestra casa —le dije emocionada.
Osvaldo sonrió nervioso.
—Bueno… no es exactamente una casa…
Llegamos a un edificio viejo.
MUY viejo.
La puerta hacía ruido.
El ascensor parecía un ataúd vertical.
Y en el pasillo había olor a sopa y humedad.
Yo seguía tranquila pensando:
“Bueno, capaz tiene todo el edificio”.
Hasta que él sacó una llave y abrió un departamentito diminuto.
UN DOS AMBIENTES.
CHICO.