La miré.
—¿Qué dijiste?
No levanté la voz.
Ella tampoco.
—Escuchaste bien.
Me levanté despacio, fui al cuarto, alcé a Alma que empezaba a quejarse y la apoyé contra mi pecho.
Cuando volví al living, Julieta estaba sacando ropa del placard.
—¿Qué hacés?
Aunque ya sabía la respuesta.
—Me voy.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Adónde?
—No es asunto tuyo.
La miré hacer una valija mientras sostenía a nuestra hija.
No supliqué.
No grité.
Solo dije:
—Si salís por esa puerta esta noche, no vuelvas.
Cerró la valija.
Agarró la cartera.
Me miró una última vez.
—Chau.
La puerta se cerró a las doce y cuarto.
Alma se despertó con el ruido y empezó a llorar.
Me senté en el sillón, la abracé y le hablé bajito hasta que se calmó.
Esa noche no dormí.
Se había ido con él.
Con el hombre casado que le prometió una vida distinta. Un departamento lindo, libertad, una vida sin pañales ni horarios.
Pero encontró otra cosa.
Él la instaló en un lugar pequeño y siguió con su vida.
Las llamadas se hicieron cada vez menos.
Las promesas quedaron donde nacieron.
Y cuando ella empezó a exigir respuestas, él desapareció.
Perdió el trabajo poco después.
Se quedó sin casi nada.
Yo mientras tanto hice lo que pude.
Al principio fue difícil.
Nadie en la obra sabía muy bien qué hacer con un hombre que llegaba con una bebé en el portabebés y una mochila llena de pañales.
Hubo risas.
Comentarios.
Miradas.
Hasta que conocieron a Alma.
Mi capataz, un tipo duro y callado, un día la tuvo un minuto en brazos y después me dijo:
—Dejala acá con nosotros mientras trabajás.
Y así empezó.
Mi hija se volvió parte de todos.
Siempre había alguien que quería hacerla reír.
Le compraron un corralito.
Aprendí a trabajar con sueño, con miedo y con una bebé esperándome.
Y también entendí algo:
No estaba solo.
Meses después me ascendieron.
No por lástima.
Porque seguí.
Porque aparecí cada día.
Porque cumplí.
El día que Julieta volvió era un martes frío.
Abrí la puerta con Alma en brazos.
Ya tenía dientes.
Ya caminaba agarrándose de los muebles.
Julieta estaba más flaca.
Traía una valija más chica que la que se había llevado.
Me miró.
—Me equivoqué. Por favor… hablemos.
La miré un momento largo.
Sin odio.
Sin amor.
Con tranquilidad.
—Te dije que si te ibas esa noche, no volvieras.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Por favor… por Alma.
Miré a mi hija.
Después volví a mirarla.
—Alma está bien.
Y cerré la puerta.
No fuerte.
Suave.
Como se cierra algo que ya había terminado mucho antes
¿Vos qué habrías hecho en mi lugar?