La noche del martes me quedé dormido en el sillón con Alma sobre el pecho. Mi hija tenía cuatro meses y olía a leche y a talco. Había llegado de la obra a las siete, me había bañado, calenté el biberón, la bañé, le canté algo sin letra hasta que sus párpados se cerraron.
Todo eso mientras Julieta seguía en la oficina.
Como siempre.
Lo que había pasado antes de esa noche lo venía cargando en silencio desde hacía meses.
Yo le había pagado la carrera a Julieta. Cuatro años de cuotas, libros, viajes, ropa para las prácticas. Lo hice sin pedir nada a cambio porque la amaba y porque creía que el amor funcionaba así: uno da, el otro crece, y después crecen juntos.
Pero ella creció sola. Y en otra dirección.
El ascenso llegó cuando Alma tenía dos meses. De un día para el otro aparecieron las reuniones hasta tarde, los viajes de fin de semana, el celular siempre boca abajo sobre la mesa.
Yo no era tonto.
Sabía lo que significaba ese silencio nuevo que traía a casa.
Y también sabía de quién era.
Su jefe. Un hombre casado.
La noche en que todo explotó la esperé despierto.
Eran las once cuando entró. Ni me miró.
—Julieta, necesito que hablemos.
—Estoy cansada.
—Yo también. Llevo meses solo con nuestra hija mientras vos…
—¿Mientras yo qué? —me cortó dejando la cartera sobre la mesa—. ¿Mientras trabajo? ¿Mientras pago cuentas que vos no podés pagar?
La miré fijo.
—Trabajo desde las seis de la mañana.
Ella soltó una risa corta.
—En la obra. Basta. Seamos honestos de una vez. Estoy cansada de esta vida.
Sentí algo romperse adentro, pero no dije nada.
Entonces miró hacia el cuarto donde dormía Alma y dijo algo que todavía recuerdo palabra por palabra.
—Y esta nena… esta nena no era lo que yo quería para mi vida.