Vanessa sonrió con crueldad.
—Y te eligió porque eras sencilla.
Casi me reí.
—Continúa.
—Contigo no tenía que demostrar nada. Tú no pertenecías a nuestro mundo.
Nuestro mundo.
Observé el hotel detrás de ella, los autos de lujo, los asesores, los banqueros.
—Vanessa, ¿cuánto crees que vale Henderson Group?
—¿Qué?
—Solo curiosidad.
—No tengo por qué responderte.
—Alrededor de cuatro mil millones, contando deuda y activos.
Frunció el ceño.
—¿Y?
—Qin Global administra activos por más de dieciocho mil millones.
El color desapareció de su rostro.
Me acerqué un poco.
—Así que antes de hablarme de “nuestro mundo”, asegúrate de saber en cuál estás parada.
Me fui.
Adrián aterrizó en Londres tres días después.
Lo supe porque Margaret me llamó.
—Su marido ha llegado al Reino Unido.
—¿Cómo lo sabe?
—Su abogado local contactó con mi despacho esta mañana. Quiere solicitar acceso inmediato a la niña.
Cerré el ordenador.
—¿Tiene base legal?
—Tiene derechos parentales, Claire. No podemos actuar como si no existiera.
—Nunca he querido impedirle ver a Mia.
—Entonces debemos demostrarlo.
—Organícelo.
Margaret guardó silencio.
—¿Está segura?
—Quiero el divorcio, Margaret. No una guerra utilizando a mi hija.
Acordamos una visita supervisada para el sábado.
Adrián llegó quince minutos antes.
Yo ya estaba sentada en una sala privada del centro familiar.
Cuando entró, parecía no haber dormido bien en días.
Traje oscuro.
Corbata torcida.
Ojeras profundas.
Sus ojos se fijaron inmediatamente en mí.
—Claire.
—Adrián.
—¿Dónde está Mia?
—Llegará con Emma en diez minutos.
Dio un paso hacia mí.
—Necesito hablar contigo.
—Para eso están los abogados.
—¡No quiero hablar con un abogado! ¡Quiero hablar con mi esposa!
—Ya no soy tu esposa en ningún sentido que importe.
Su mandíbula se tensó.
—¿Tres años se borran por una bofetada?
Lo miré.
Aquella pregunta confirmó que todavía no había entendido nada.
—No.
Su expresión pareció relajarse ligeramente.
—Tres años se borraron poco a poco. La bofetada solo fue el punto final.
—Yo estaba enfadado.
—Lo sé.
—Vanessa estaba empapada en vino.
—Yo también.
—No vi lo que ocurrió.
—Exactamente.
Adrián abrió la boca.
—No viste lo que ocurrió —repetí—, pero decidiste inmediatamente quién era la culpable.
Silencio.
—Eso es lo que terminó nuestro matrimonio.
—Claire…
—Si un desconocido hubiera hecho lo mismo, quizá habría podido perdonarte algún día. Pero tú eras mi marido. La persona que debía conocerme mejor que nadie. Y aquella noche, frente a todos, tu primera reacción fue protegerla a ella y castigarme a mí.
Sus ojos bajaron.
—Lo siento.
Durante tres años había imaginado esa frase tantas veces.
Me había imaginado llorando al escucharla.
Abrazándolo.
Perdonándolo.
Ahora no sentí absolutamente nada.
—Acepto tus disculpas.
Levantó la mirada con esperanza.
—Pero no cambio de decisión.
—Entonces tus disculpas no significan nada para ti.
—Significan que no quiero pasar el resto de mi vida odiándote.
—¿Y qué hay de Mia?
—Podrás verla.
Adrián pareció desconcertado.
—¿Así de fácil?
—No soy Vanessa. No necesito utilizar a otra persona para sentir que he ganado.
La puerta se abrió.
Emma entró con Mia de la mano.
La niña vio a su padre.
Se quedó quieta durante dos segundos.
Después gritó:
—¡Papá!
Adrián se arrodilló.
Mia corrió hacia él.
Y cuando la abrazó, vi cómo los hombros de Adrián comenzaban a temblar.
Aparté la mirada.
Ese era el hombre al que había amado.
No el abogado.
No el esposo.
No el hombre que me había golpeado.
El padre de mi hija.
Y precisamente por Mia, necesitaba separar esas cosas.
Un matrimonio podía morir.
La relación entre un padre y una hija no tenía por qué morir con él.
Aquella noche Adrián volvió a llamar.
Esta vez contesté.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por dejarme ver a Mia.
—No necesito que me lo agradezcas.
Silencio.
—No sabía lo de Qin Global.
—Ya me imaginaba.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sonreí sin humor.
—¿De verdad quieres preguntar eso ahora?
—Pasé tres años creyendo que habías renunciado a todo por mí.
—Renuncié a mucho por ti.
—Pero tu familia…
—Mi familia fue precisamente una de las cosas a las que renuncié.
Adrián permaneció callado.
—Cuando te conocí —continué—, no quería que supieras quién era mi madre. No quería que pensaras que me acercaba a ti desde una posición de poder. Quería saber si podías querer a Claire y no al apellido Qin.
—Y te quise.
—Sí.
Tragué saliva.
—En algún momento sí.
—Todavía te quiero.
Aquella frase llegó demasiado tarde.
—No.
—¿Cómo puedes decirme lo que siento?
—Porque amar a alguien no consiste únicamente en querer que permanezca a tu lado.
—Claire…
—Amar también significa respetarla cuando estás enfadado. Creerle cuando nadie más lo hace. Proteger su dignidad incluso durante una discusión.
Respiré.
—Tú querías que yo permaneciera disponible para ti. Eso no es lo mismo.
Colgué.
Mientras mi divorcio avanzaba, la compra de NordTech entró en su fase final.
Y entonces comenzaron los problemas.