PARTE 2
Roberto Zhang no era un hombre fácil de impresionar.
Llevaba casi treinta años en el negocio de la restauración y era famoso por dos cosas: detectar una oportunidad antes que nadie y no regalar ni un centavo.
Sin embargo, aquella tarde leyó tres veces el documento que había dejado frente a él.
Primero revisó la patente.
Después la certificación del laboratorio.
Por último, el preacuerdo del Grupo Dingwei.
Levantó la vista.
—¿Ochenta millones garantizados el primer año?
—Sí.
—¿Diecisiete establecimientos?
—Sí.
—¿Y la fórmula es cien por ciento suya?
Deslicé el certificado hacia él.
—Desde antes de casarme.
Roberto apoyó lentamente la espalda contra el sillón.
—Entonces voy a hacerle una pregunta y quiero una respuesta sincera.
—Adelante.
—¿Su exmarido sabe que durante cinco años estuvo construyendo su cadena alrededor de una propiedad intelectual que nunca le perteneció?
—No.
Roberto soltó una breve carcajada.
No de diversión.
De incredulidad.
—Señora Ye…
—Elena.
—Elena, su exmarido acaba de cometer el error empresarial más caro de su vida.
No respondí.
Había esperado sentir satisfacción.
Quizá incluso placer.
Pero en aquel momento lo único que sentía era cansancio.
Cinco años de matrimonio no desaparecían porque un funcionario hubiera estampado un sello sobre un papel.
Tampoco desaparecían las mañanas preparando desayunos para Marcos.
Ni las noches esperando que regresara del restaurante.
Ni las veces que defendí a su madre cuando mi propia familia me preguntaba por qué siempre tenía que ceder.
Yo había amado a ese hombre.
Precisamente por eso dolía tanto descubrir que, mientras yo viajaba de ciudad en ciudad para salvar su negocio, él estaba organizando una vida en la que yo ya no existía.
Roberto empujó una carpeta hacia mí.
—Mi propuesta sigue siendo la misma que hace un mes, pero ahora quiero mejorarla.
Abrí la carpeta.
Licencia exclusiva de la fórmula para Aroma Imperial.
Participación sobre ventas.
Honorarios de consultoría.
Control compartido del estándar de calidad.
Y una cláusula especialmente importante:
Ninguna empresa directa o indirectamente vinculada a la familia Zhou podría utilizar la receta sin autorización escrita de Elena Ye.
Levanté la mirada.
—¿Añadió esto ahora?
—Hace cinco minutos.
Sonreí.
—Me gusta.
—Pensé que sí.
Firmamos a las cuatro y doce de la tarde.
A las cuatro y catorce mi teléfono vibró otra vez.
Veintitrés llamadas perdidas.
Doce de Marcos.
Siete de mi exsuegro.
Cuatro de números desconocidos.
También había dieciséis mensajes.
El primero decía:
“Elena, ¿qué hiciste con los proveedores?”
El segundo:
“Mi padre dice que la fábrica de tu familia se niega a entregar el pedido.”
El tercero:
“Esto no tiene gracia.”
El cuarto llegó casi una hora después.
“Elena, llámame AHORA.”
No contesté.
Roberto observó la pantalla.
—¿Ya empezó?
—Parece que sí.
—¿Quiere consejo?
—Claro.
Se inclinó hacia delante.
—No responda cuando estén enfadados.
—¿Por qué?
—Porque mientras estén enfadados todavía creen que tienen poder. Espere a que tengan miedo.
Guardé el teléfono.
—¿Y entonces?
Roberto sonrió.
—Entonces escucharán.
Aquella noche dormí diez horas seguidas.
La primera noche completa en casi ocho meses.
Cuando desperté había cuarenta y siete llamadas perdidas.
Y un mensaje de Marcos enviado a las 3:16 de la madrugada.
“Podemos hablar como adultos.”
Me reí.
La víspera me habían ofrecido tres mil yuanes para “el transporte”.
Doce horas después ya querían hablar como adultos.
Pedí café.
Después llamé al abogado de la empresa familiar.
El abogado Chen llegó al hotel una hora más tarde con una carpeta gruesa.
—Tu padre me explicó parte de la situación.
—Necesito revisar las cuentas de los últimos cinco años.
—¿De los Zhou?
—Todo.
Contratos de suministro.
Facturas.
Transferencias.
Préstamos.
Dinero de mi dote.
Aportes personales.
Y, sobre todo, el apartamento nuevo que Marcos había mencionado.
El abogado dejó de escribir.
—¿Qué apartamento?
Le enseñé las transferencias.
780.000 yuanes procedentes de mi cuenta.
200.000 transferidos dos años antes.
Otros 180.000 en pagos posteriores.
La expresión del abogado cambió.
—Elena, ¿firmaste alguna renuncia específica sobre este dinero?
—No.
—¿Está incluido en el acuerdo de divorcio?
—El documento decía que renunciaba a reclamar los bienes registrados como patrimonio común.
—¿Y el apartamento está registrado a nombre de quién?
—No lo sé.
—Entonces averigüémoslo.
Dos horas después teníamos la respuesta.
El apartamento no estaba a nombre de Marcos.
Tampoco de sus padres.
Estaba reservado a nombre de Bianca Bai.
Me quedé mirando el documento.
Bianca.
La mujer que mi cuñada había mencionado al salir del Registro Civil.
“La familia de Bianca tiene dinero.”
“Bianca puede conseguir contactos.”
“Marcos merece una mujer como ella.”
El abogado Chen me observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
—¿Mi dinero terminó pagando el depósito de una vivienda a nombre de otra mujer?
—Eso parece.
—¿Y esa transferencia se hizo durante el matrimonio?
—Sí.
—Entonces quiero recuperarlo.
Chen asintió.
—Eso no contradice necesariamente el acuerdo de divorcio. Si podemos probar ocultación, apropiación indebida de fondos o disposición fraudulenta de bienes, tenemos margen.
Cerré la carpeta.
—Hazlo.
No quería la casa.
No quería los muebles.
No quería ni siquiera recuperar las tazas que había comprado después de casarme.
Pero una cosa era marcharme sin pelear por el restaurante.
Y otra permitir que usaran mi dinero para comprarle una casa a la mujer que pretendían poner en mi lugar.
A mediodía, Marcos apareció en el hotel.
No sé cómo averiguó dónde estaba.
Yo estaba tomando café con el abogado cuando vi su figura atravesar el vestíbulo.
Venía acompañado de su madre.
Teresa Zhao avanzaba dos pasos detrás de él, con el rostro rígido.
Marcos se acercó.
—Tenemos que hablar.
El abogado Chen se levantó.
—Puede hablar delante de mí.
Marcos frunció el ceño.
—Esto es un asunto familiar.
—Ya no somos familia —respondí.
Mi exsuegra chasqueó la lengua.
—Elena, tampoco hace falta comportarse así. Solo vinimos a preguntarte una cosa.
—Pregunte.
—¿Por qué tu padre dejó de suministrar los condimentos?
—Porque ya no tenemos relación comercial.
—¡Llevamos cinco años comprándolos!
—Exacto.
—¡Entonces no puedes cortarlos de un día para otro!
El abogado Chen intervino.
—Según los documentos que revisamos esta mañana, no existe contrato vigente de suministro obligatorio. Las compras se realizaban por pedidos periódicos.
Teresa lo miró con odio.
—¿Quién es usted?
—Su abogado —dije.
Mi exsuegra se quedó callada.
Marcos se sentó frente a mí.
—Elena, sé que estás molesta por el divorcio.
—No estoy molesta.
—No hagamos esto.
—¿Hacer qué?
—Mezclar problemas personales con el restaurante.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Quieres decir que expulsarme de casa, cambiar la cerradura, sacarme del grupo familiar, usar mi dinero y divorciarte de mí es “personal”, pero quieres que mi familia siga abasteciendo tu negocio como si nada hubiera pasado?
Marcos abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Teresa respondió por él.
—¡Los negocios son negocios!
—Exactamente.
Bebí un sorbo de café.
—Y como son negocios, elegimos a nuestros clientes.
El rostro de Marcos se tensó.
—¿Qué quieres?
La pregunta me sorprendió.
—Nada.
—Todo el mundo quiere algo.
—Ustedes ya me dieron lo que quería.
—¿Qué?
—El divorcio.
Mi exsuegra golpeó la mesa.
—¡No seas insolente!
Varias personas del vestíbulo nos miraron.
El abogado Chen cerró tranquilamente su carpeta.
—Señora Zhao, si continúa gritando, pediré al personal del hotel que intervenga.
Teresa bajó la voz, pero su mirada se volvió todavía más hostil.
—Elena, piensa bien lo que estás haciendo. Nuestra familia te dio un lugar durante cinco años.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No de dolor.
De claridad.
—No.
La miré directamente.
—Durante cinco años, yo cociné para su familia, negocié para su familia, conseguí proveedores para su familia y entregué a sus restaurantes una receta que había desarrollado antes de conocerlos.
Teresa palideció ligeramente.
—¿Qué receta?
Sonreí.
—Así que Marcos tampoco se lo contó.
Él me miró de inmediato.
—¿Contarme qué?
Saqué una copia de la patente.
La dejé sobre la mesa.
Marcos empezó a leer.
Su expresión cambió línea por línea.
Teresa se inclinó.
—¿Qué es eso?
Marcos no respondió.
Tomó el documento con ambas manos.
—La mezcla Zhou… ¿está patentada?
—No existe ninguna “mezcla Zhou”.
Me levanté.
—Existe la fórmula Ye.
Marcos levantó la cabeza.
—Pero llevamos años usándola.
—Con mi permiso.
—Somos propietarios de los restaurantes.
—De los restaurantes, sí.
Señalé el documento.
—De esto, no.
El silencio fue absoluto.
Entonces Teresa hizo lo que siempre hacía cuando algo escapaba a su control.
Negarlo.
—¡Eso es imposible! La receta la preparaba mi marido desde hace años.
—Su marido mezclaba especias.
—¡Exacto!
—Y su restaurante estaba al borde de cerrar.
Teresa se puso roja.
—Tú…
—Las ventas se cuadruplicaron el año que introduje mi fórmula. Los informes existen. Las facturas existen. Los registros del laboratorio existen. La patente también.