Marcos se quedó inmóvil.
Por fin parecía comprender.
No me habían expulsado únicamente a mí.
Habían expulsado el activo más valioso de su negocio.
—Elena —dijo lentamente—. Hablemos en privado.
—No.
—Por favor.
Era la primera vez que escuchaba esa palabra.
Por favor.
Llegaba cinco años tarde.
—Tengo una reunión.
Recogí mi bolso.
—Espera.
Marcos me sujetó por la muñeca.
El abogado Chen se levantó inmediatamente.
—Señor Zhou.
Marcos me soltó.
—¿Vas a dejar que los restaurantes cierren?
Me giré.
—¿Yo?
—Sabes perfectamente que dependemos de esa fórmula.
—Entonces debieron pensar en eso antes de expulsar a la propietaria.
Salí del hotel.
Dos días después, Aroma Imperial anunció su nueva línea de menús.
No mencionaron mi divorcio.
No mencionaron a los Zhou.
Solo publicaron un comunicado elegante:
“Aroma Imperial ha firmado un acuerdo exclusivo para la utilización de la fórmula artesanal Ye, desarrollada durante tres generaciones y optimizada para restauración profesional.”
El lanzamiento fue inmediato.
Roberto tenía razón.
El mercado entendió antes que los Zhou lo que significaba aquella noticia.
Clientes habituales comenzaron a notar la diferencia en sus restaurantes.
Sin la mezcla original, los chefs de la familia Zhou intentaron reproducir el sabor.
Aumentaron pimienta.
Redujeron anís.
Cambiaran proveedores.
Nada funcionó.
El problema era que mi fórmula no consistía simplemente en trece especias mezcladas en determinadas proporciones.
Incluía niveles concretos de tostado.
Humedad.
Temperatura.
Origen.
Tiempo de molienda.
Y un proceso de estabilización que mi familia tardó años en perfeccionar.
Copiar los ingredientes era fácil.
Copiar el sabor no.
En una semana, las primeras críticas aparecieron en redes sociales.
“¿Cambió el chef?”
“Ya no sabe como antes.”
“El caldo está mucho más plano.”
“Después del aumento de precios, la calidad bajó.”
Marcos me llamó treinta y dos veces.
No respondí ninguna.
Al décimo día, Bianca Bai me escribió.
“Hola, Elena. Soy Bianca. Creo que deberíamos hablar.”
Miré el mensaje durante varios segundos.
Después contesté:
“Sobre los 780.000 yuanes?”
Tres minutos sin respuesta.
Luego apareció:
“No sé de qué hablas.”
Le envié el comprobante del depósito del apartamento.
Esta vez tardó casi veinte minutos.
“Marcos me dijo que era dinero de su familia.”
Respondí:
“Nos vemos con abogados.”
Me bloqueó.
Aquella misma tarde, el abogado Chen presentó la reclamación.
Cuando Marcos recibió la notificación, apareció por segunda vez en mi hotel.
Esta vez vino solo.
Parecía haber envejecido cinco años en diez días.
—¿También vas a demandarme?
—Voy a recuperar mi dinero.
—Firmaste el divorcio.
—No firmé permiso para que usaras mis fondos en una casa destinada a otra mujer.
Marcos se pasó las manos por el cabello.
—No fue así.
—Entonces explícame cómo fue.
—Mi madre quería que compráramos un apartamento grande.
—A nombre de Bianca.
Silencio.
—Era temporal.
Me reí.
—¿Temporal?
—Su familia podía ayudarnos con financiación. Pensábamos cambiar la titularidad después.
—¿Pensábamos?
Él bajó la mirada.
No necesité preguntar quiénes estaban incluidos en ese plural.
—¿Cuánto tiempo llevabas con ella?
—No tuve una relación con Bianca mientras estábamos casados.
—No te pregunté eso.
Marcos guardó silencio.
—¿Cuánto tiempo?
—Mi madre nos presentó hace cuatro meses.
Cuatro meses.
Yo estaba en otra provincia, levantándome a las cinco de la mañana para inspeccionar cultivos de pimienta.
Mientras tanto, su madre le organizaba citas con mi reemplazo.
—¿Y aceptaste?
—Elena…
—Solo responde.
—Sí.
No sentí dolor esta vez.
Quizá ya había sufrido todo lo necesario.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que no perdí nada.
Se levantó bruscamente.
—¿De verdad crees que cinco años no significaron nada?
—Para mí significaron mucho.
Lo miré.
—Por eso me fui ocho meses a salvar tu negocio.
Marcos se quedó inmóvil.
—¿Salvarlo?
Abrí mi portátil.
Busqué el preacuerdo de Dingwei.
Giré la pantalla hacia él.
Sus ojos bajaron hasta la cifra.
80.000.000.
Al principio frunció el ceño.
Después volvió a leer.
Una vez.
Dos.
Tres.
—¿Qué es esto?
—Lo que estaba haciendo mientras tu familia decía que “vivía cómodamente fuera”.
Marcos se sentó.
Sus labios perdieron color.
—¿Iba a ser para nosotros?
—Para la cadena Zhou.
—Ochenta millones…
—Garantizados durante el primer año.