No dijo nada.
Yo cerré el portátil.
—Cuando llegué a la vieja casa, pensaba contártelo durante la cena.
Marcos cerró los ojos.
Por primera vez desde el divorcio, pareció verdaderamente derrotado.
—Elena…
—Pero cambiaste la cerradura.
—Mi madre dijo…
—Siempre es tu madre.
Mi voz no subió de tono.
—Tu madre dijo que me expulsaras. Tu madre dijo que conocieras a Bianca. Tu madre dijo que cambiaras la cerradura. Tu madre dijo que me dieras tres mil yuanes.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—Marcos, tienes treinta y cuatro años. ¿En qué momento pensabas empezar a tomar tus propias decisiones?
Él no respondió.
Y esa fue su respuesta.
Tres días después, el Grupo Dingwei firmó el acuerdo definitivo.
Pero no con los Zhou.
La licencia se canalizó a través de una nueva empresa conjunta entre mi familia y Aroma Imperial.
El comunicado hizo ruido en toda la industria.
Diecisiete restaurantes.
Ochenta millones garantizados.
Posibilidad de expansión nacional.
Y mi nombre figuraba en la primera página:
Elena Ye, directora de desarrollo de producto y copropietaria de Ye Flavor Technologies.
La mañana siguiente a la publicación, las acciones de la pequeña sociedad vinculada a uno de los inversores de los Zhou cayeron.
Dos proveedores exigieron pagos atrasados.
Un banco suspendió temporalmente una línea de crédito pendiente de revisión.
Y los rumores comenzaron.
“Los Zhou perdieron a su desarrolladora.”
“Su receta no era suya.”
“Aroma Imperial se quedó con Dingwei.”
Por primera vez entendí algo.
Durante años, todos habían asumido que Marcos era el cerebro del crecimiento porque era el hombre que se sentaba en la cabecera de la mesa.
Yo era “la esposa”.
La que probaba platos.
La que conocía proveedores.
La que viajaba.
La que llevaba carpetas.
La que hacía llamadas.
Elena ayudaba.
Marcos dirigía.
Solo bastó que Elena dejara de ayudar para que todos descubrieran quién había estado sosteniendo el techo.
Al día quince, el primer restaurante Zhou cerró temporalmente.
El cartel decía:
“Renovación de cocina.”
No estaban renovando nada.
Habían perdido al chef principal después de que le retrasaran el sueldo.
Dos días después cerró una sucursal.
Luego otra.
Los clientes comenzaron a publicar fotografías de locales vacíos.
Teresa Zhao dejó mensajes de voz cada vez más desesperados.
El primero:
“Elena, lo que haces es muy poco elegante.”
El cuarto:
“Somos familia después de todo.”
El séptimo:
“Tu suegro está enfermo por culpa de esta situación.”
El undécimo:
“Podemos darte una participación.”
El decimocuarto:
“Contesta, por favor.”
Nunca respondí.
Hasta que mi padre me llamó.
—Han venido al pueblo.
—¿Quiénes?
—Los Zhou.
Me incorporé.
—¿A la fábrica?
—Tu exsuegro, Teresa y Marcos.
—¿Qué quieren?
Mi padre soltó un suspiro.
—A ti.
Regresé esa misma tarde.
Cuando el coche entró en la calle principal, los vi.
Mi exsuegro llevaba una cesta de fruta.
Teresa otra.
Marcos sostenía una caja de té.
Parecía una escena absurda.
La misma mujer que dos semanas antes decía que su familia “me había mantenido” estaba ahora de pie frente a la fábrica de mi padre, bajo el sol, esperando que yo apareciera.
Bajé del coche.
Teresa avanzó primero.
—Elena.
Su tono era completamente diferente.
Suave.
Casi cariñoso.
—Has vuelto.
La miré.
—¿Qué hacen aquí?
Mi exsuegro carraspeó.
—Queríamos hablar.
—Hablen.
Marcos miró a las personas que entraban y salían de la fábrica.
—¿Podemos hacerlo dentro?
—No.
Teresa apretó los labios.
—Elena, sabemos que hubo malentendidos.
—¿Qué malentendidos?
—Lo del divorcio…
—No fue un malentendido.
—Estábamos enfadados.
—Votaron.
Mi padre apareció detrás de mí.
Teresa se apresuró a sonreír.
—Señor Ye, precisamente queríamos disculparnos. Todos somos mayores, no tiene sentido destruir tantos años de relación por una pelea de jóvenes.
Mi padre la observó sin expresión.
—Cuando mi hija estaba casada con su hijo, jamás la vi venir aquí a pedir ayuda por una pelea.
Teresa perdió la sonrisa.
—Nosotros siempre la tratamos bien.
Mi padre me miró.
—¿Te trataron bien?
—Me ofrecieron tres mil yuanes para irme.
Mi exsuegro cerró los ojos.
Teresa lanzó una mirada furiosa a Marcos, como si de repente aquello también fuera culpa suya.
—Eso lo dijo Camila de broma.
—Y nadie la corrigió.
Silencio.
Marcos dio un paso hacia mí.
—Elena, necesitamos la fórmula durante tres meses.
No pude evitar sonreír.
Ahí estaba.
El verdadero motivo.
—No vinieron por mí.
—También vine por ti.
—Pero necesitan la fórmula.
Marcos tragó saliva.
—Los restaurantes no pueden seguir así.
—No es mi problema.
—Ciento veinte empleados dependen de nosotros.
Aquella frase sí me hizo detenerme.
Él lo notó.
—Elena, no te pido que volvamos. Solo licencia temporal. Pagaremos lo que corresponda.
—La licencia es exclusiva de Aroma Imperial.
—Puedes hacer una excepción.
—No.
—¿Ni siquiera por los empleados?
—Los empleados no son responsables de tus decisiones.
Marcos pareció ver una oportunidad.
—Entonces ayúdanos.
—Lo haré.
Sus ojos se iluminaron.
—¿De verdad?
—Roberto está contratando personal para ocho nuevas aperturas.
La expresión de Marcos se congeló.
—Cualquier empleado Zhou que quiera cambiarse tendrá entrevista prioritaria.
Mi exsuegra abrió los ojos.
—¡Eso es robarnos trabajadores!
La miré.
—Hace diez segundos estaba preocupada por sus empleos.
Teresa no supo qué responder.
Mi padre se dio media vuelta para ocultar una sonrisa.