Lucía había visto a Regina entregarle a Álvaro una bolsa con tabletas trituradas. Después escuchó una conversación en la que ambos hablaban de hacer que Octavio pareciera incapaz de dirigir la empresa.
Querían provocar síntomas que pudieran atribuirse al envejecimiento. Cuando un médico declarara que Octavio sufría deterioro cognitivo, Álvaro solicitaría el control temporal de las compañías.
—Mañana va a llevarme café otra vez —murmuró Octavio.
—No lo beba.
Octavio llevó a Lucía a un hotel seguro y llamó a su abogado, Santiago Urrutia. Después contactó a una médica de confianza para analizar la bebida.
A la mañana siguiente, Álvaro apareció sonriendo con 2 vasos.
—Hoy traje uno para cada uno.
—Qué detalle —respondió Octavio.
Tomó el suyo, pero no bebió.
Álvaro comenzó a hablar de la empresa. Dijo que tal vez había llegado el momento de que su padre descansara.
—Podríamos nombrarme director general —propuso—. Solo de manera temporal.
—¿Crees que ya no puedo tomar decisiones?
—No dije eso. Pero has estado confundido.
Octavio observó cómo su hijo miraba constantemente el vaso.
—Me duele el estómago —dijo finalmente—. Lo tomaré después.
Por una fracción de segundo, la sonrisa de Álvaro desapareció.
Cuando se marchó, Octavio selló el vaso y lo entregó a la doctora.
El análisis confirmó la presencia de una dosis peligrosa de su propio medicamento para la presión, triturado y mezclado con el café.
No era suficiente para matarlo de inmediato.
Era peor.
Estaba diseñado para debilitarlo lentamente.
—Esto pudo causarle una caída, una falla renal o un evento cardíaco —explicó la médica—. Necesita denunciarlo.
Octavio sintió que el mundo se derrumbaba.
No le dolía perder dinero. Le dolía comprender que cada sonrisa de Álvaro, cada pregunta sobre su salud y cada café entregado con aparente cariño habían formado parte de un plan.
Santiago investigó las empresas fantasma y descubrió algo todavía más grave.
Las transferencias habían sido autorizadas utilizando firmas digitales robadas. Además, Álvaro negociaba en secreto la venta de 2 bodegas a un fondo extranjero. Esperaba completar la operación una vez que Octavio fuera declarado incapaz.
Para obtener más pruebas, Octavio fingió estar empeorando.
Dejó que Álvaro creyera que su plan funcionaba.
Durante una reunión familiar, se mostró desorientado y fingió olvidar el nombre de un empleado. Álvaro intercambió una mirada de satisfacción con Regina.
—Papá, necesitas descansar —dijo, colocando una mano sobre su hombro—. Yo puedo encargarme de todo.
—Tal vez tengas razón.
Aquella misma tarde, Álvaro llamó a un notario corrupto y programó la firma de documentos para transferirse el control de la compañía.
No sabía que Santiago ya había informado a la Fiscalía y que la oficina estaba siendo vigilada.
El día de la firma, Octavio llegó acompañado por Álvaro y Regina.