PARTE 2
A las 12:40 de la madrugada, Laura contestó con la voz alerta.
—Dime qué necesitas, Valeria.
Miré los boletos a Cancún sobre el escritorio.
—Primero: cancela la tarjeta adicional de Diego en cuanto su vuelo despegue. Segundo: cómprame un boleto en primera clase para el mismo día, pero a San José del Cabo. Tercero: dile al licenciado Herrera que revise cada cargo no autorizado desde que le entregué esa tarjeta.
Hubo un silencio breve.
—¿Vas a pedir el divorcio?
Observé mi anillo de bodas.
—Voy a protegerme. Lo demás dependerá de lo que hagan antes del sábado.
Al día siguiente fui al banco y guardé en una caja de seguridad las escrituras de mis locales, contratos de inversión y documentos corporativos. El licenciado Herrera confirmó algo importante: el acuerdo prenupcial que firmamos mantenía mis bienes heredados completamente separados.
Durante los días siguientes fingí calma.
Doña Carmen llegó al departamento con 3 maletas enormes, cajas de medicamento, una cafetera vieja y bolsas de comida “especial”. Karla apareció con ropa nueva, sandalias caras y una lista de compras de casi 40,000 pesos.
—Diego dijo que tú lo pagarías —anunció, dejándome el celular en la mesa—. También quiero una cámara profesional. Es mi regalo de graduación.
—¿De parte de quién? —pregunté.
Karla parpadeó, ofendida.
—Pues de ustedes. Ya somos familia.
Diego compró la cámara con mi tarjeta.
Cuando le reclamé en privado, golpeó la mesa.
—¡Ya estoy harto! Una buena esposa apoya a la familia de su marido.
Doña Carmen, desde la cocina, añadió:
—Y llegando a Cancún vas a cocinar. Yo estoy mala de la espalda, Karla está joven y Diego trabaja mucho. No pensarás que vamos a andar sirviéndote.
Esa noche guardé cada recibo, mensaje y cargo.
El sábado salimos al aeropuerto antes del amanecer. Ellos llevaban 6 maletas. Yo solo una mochila pequeña. Mi equipaje real ya iba camino a Cabo.
En el mostrador, el exceso de equipaje costó 3,800 pesos. Diego me ordenó pagarlo. Usé mi tarjeta personal, guardé el recibo y sonreí.
Fue el último peso que gasté en ellos.
Después de seguridad, doña Carmen pidió té caliente. Karla quería café caro y pan dulce.
—Tienes 15 minutos —me dijo Diego—. No nos hagas perder el abordaje.
—Vayan ustedes —respondí tranquila—. Los alcanzo en la puerta.
Los vi alejarse por el pasillo. Cuando desaparecieron entre la gente, caminé hasta un bote de basura, rompí mi pase de abordar a Cancún en pedazos pequeños y lo dejé caer.
No compré té. No compré café.
Caminé hacia otra terminal, abrí mi pase digital y abordé mi vuelo a Los Cabos.
El celular empezó a vibrar sin descanso.
¿Dónde estás?
Mi mamá se siente mal.
Ya van a cerrar la puerta.
Luego llegó un audio de Karla:
—Valeria, deja tu berrinche y tráeme mi café.
No respondí.
A las 9:18 recibí la notificación: el vuelo de ellos había despegado.
A las 9:20, Laura canceló la tarjeta adicional.
2 horas después, mientras yo volaba hacia Cabo con una copa de jugo en la mano, Diego, su madre y su hermana aterrizaban en Cancún creyendo que mi cuenta bancaria seguía siendo suya.
Todavía no sabían que al regresar encontrarían una carta capaz de destruirlo todo.
PARTE 3