Cuando encendió el teléfono, le llegó un correo del despacho del licenciado Herrera:
Aviso de inicio de procedimiento de divorcio.
Me llamó de inmediato.
Esta vez contesté.
—¿Me estás pidiendo el divorcio por un viaje? —dijo con la voz rota.
—No es por el viaje, Diego. Es por lo que el viaje reveló.
—Cometí errores, pero mi mamá y mi hermana también sufrieron.
—Sigues hablando de ellas —respondí—. No me has preguntado una sola vez cómo me sentí cuando usaste mi tarjeta, decidiste por mí y te reíste mientras tu madre decía que yo no tenía a dónde ir.
Hubo silencio.
Luego doña Carmen le arrebató el teléfono.
—¡Valeria, estás destruyendo un hogar por unos pesos!
—No había hogar, señora. Solo una familia esperando que yo financiara sus abusos.
—¡Cuando te casaste, lo tuyo se volvió de mi hijo!
—La herencia de mis padres no es premio para su codicia.
Diego recuperó el celular.
—¿Dónde estás? Voy a hablar contigo.
—Mañana a las 3:00 en la oficina de mi abogado. Solo.
Al día siguiente llegó 20 minutos tarde. Sobre la mesa estaban estados de cuenta, recibos, transferencias, capturas y el borrador del acuerdo de divorcio.
—Puedo arreglarlo —suplicó—. Pondré límites. Venderé la cámara. Te pagaré todo.
—¿Habrías aprendido algo si la tarjeta hubiera seguido funcionando?
No contestó.
Entonces el licenciado Herrera puso frente a él un resumen de mis bienes: 2 locales comerciales, inversiones, participación en una empresa de transporte y cuentas heredadas antes del matrimonio.
Diego leyó las cifras con los ojos abiertos.
—¿Tenías todo esto y nunca me lo dijiste?
—Nunca preguntaste quién era yo, Diego. Solo preguntabas cuánto podía pagar.
—Si hubiera sabido que tenías tanto dinero, jamás habría dejado que mi familia te tratara así.
La frase cayó en la sala como un golpe.
—Entonces, si yo hubiera sido una huérfana sin propiedades y con sueldo normal, ¿sí merecía que me trataran como sirvienta?
—No quise decir eso.
—Eso fue exactamente lo que dijiste.
Intentó tomarme la mano.
—Valeria, acabamos de casarnos.
Me aparté.
—No me voy porque te falte dinero. Me voy porque creíste que mi amor te daba derecho a mi dignidad.
No firmó ese día. Pero 7 días después, ante la posibilidad de enfrentar consecuencias legales por los cargos no autorizados, aceptó el divorcio.
Nos vimos una última vez en el departamento para entregar llaves.
Las flores de la boda estaban marchitas en la basura. Nuestra foto enmarcada estaba boca abajo sobre la mesa.
Diego dejó los documentos firmados.
—Solo dime si alguna vez me amaste.
—Sí. Mucho.
—Entonces, ¿cómo pudiste irte tan rápido?
—No me fui rápido. Me fui después de 3 años ignorando señales y 2 días viendo la verdad completa.
Él dejó su anillo sobre la mesa.
—Perdón.
—Ojalá el arrepentimiento te ayude a tratar mejor a la próxima mujer. Pero no puede obligarme a volver.
Tomé mi llave, la puse junto a su anillo y salí.
Semanas después, frente al juzgado, doña Carmen me gritó:
—¡Por tu culpa mi hijo tuvo que vender su coche!
—Vendió su coche porque gastó dinero que no tenía.
Karla lloraba.
—¿Valía la pena destruir una familia por un viaje?
La miré con calma.
—El viaje no destruyó su familia, Karla. Solo quitó a la persona que pagaba para que ustedes fingieran ser una.
Por primera vez, Diego se interpuso.
—Ya basta, mamá. Fue mi culpa.
Doña Carmen lo insultó por defenderme demasiado tarde.
Y eso era lo triste: demasiado tarde.