PARTE 2
A la mañana siguiente llamé al trabajo y dije que estaba enferma.
No era mentira. Algo dentro de mí se había enfermado para siempre.
No enfrenté a Daniel. No llamé a Ingrid. No fui a casa de mis suegros a hacer una escena como ellos esperaban que una mujer herida hiciera.
Me fui a una cafetería en la colonia Roma con mi libreta, mi celular y una calma que me daba miedo.
Escribí todos los viajes de Daniel durante el último año.
Monterrey. Guadalajara. Querétaro. Cancún.
Algunos habían sido reales. Yo había visto correos, boletos, facturas.
Otros empezaron a oler a mentira.
A las doce con diecisiete, sonó mi teléfono. Número desconocido.
—¿Renata Salgado?
—Sí.
Hubo silencio.
—Soy Sofía Mendoza.
La cafetería se desvaneció a mi alrededor.
—Creo que ya sabes quién soy —dijo ella.
—Ahora sí.
Su voz tembló.
—Necesito verte. Por favor, no le digas a Daniel.
Una hora después, estaba frente a mí en una cafetería pequeña cerca de Álvaro Obregón. Sofía no se parecía a la mujer que yo había construido en mi cabeza. No llevaba joyas caras ni sonrisa victoriosa. Tenía el rostro pálido, el cabello recogido sin cuidado y una mano sobre el vientre, como si protegiera a su hija del aire.
Puso un sobre grueso sobre la mesa.
—Lo siento —murmuró.
No toqué el sobre.
—¿Desde cuándo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Desde el verano pasado.
Un año.
Un año de tratamientos.
Un año de Daniel diciéndome que no perdiera la fe.
Un año de regresar a casa oliendo a otra mujer mientras me preguntaba si ya me había tomado mis vitaminas.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté.
—Ayuda.
Abrí el sobre.
La primera hoja era un acuerdo privado redactado por el despacho de Arturo, mi suegro. Le ofrecían dinero a Sofía si renunciaba a pedir pensión y aceptaba no usar el apellido de Daniel públicamente.
La segunda hoja era peor.
Si continuaba con el embarazo, debía considerar entregar a la bebé a una pareja casada elegida por el padre biológico.
Levanté la vista.
—¿Qué pareja?
Sofía se quebró.
—Tú y Daniel.
Sentí que el aire me cortaba por dentro.
—Él me dijo que tú siempre habías querido ser mamá —continuó—. Que te iba a contar que una conocida no podía hacerse cargo de su bebé. Que tú aceptarías adoptar sin preguntar demasiado.
Miré la hoja hasta que las letras se volvieron manchas.