PARTE 3
Mariana Robles entró con dos mujeres de una organización de apoyo a madres en situación de presión familiar.
No venían gritando.
No venían llorando.
Venían con carpetas.
Y eso asustó mucho más a la familia de Daniel.
Mi suegra Ingrid se puso de pie tan rápido que su copa se volcó sobre el mantel.
—¿Qué significa esto?
Yo seguía de pie, sin mandil, sin temblar.
—Significa que se terminó la comida.
Daniel miraba mi rostro como si me hubiera quitado una máscara frente a todos.
—Renata… tú no hablas alemán.
—No —respondí en español—. Tú decidiste que yo no hablaba alemán. Son cosas diferentes.
Paulina abrió la boca, pero no salió nada.
Mi suegro Arturo intentó recuperar el control.
—Están en mi casa. Les pido respeto.
Mariana avanzó hasta la mesa y colocó una carpeta frente a él.
—Y yo le recomiendo prudencia. Mi clienta cuenta con grabaciones, mensajes, documentos privados de su despacho y evidencia de presión indebida contra una mujer embarazada.
Arturo palideció apenas. Lo suficiente.
Ingrid apuntó a Sofía.
—Esa niña está cargando al hijo de mi hijo. Tenemos derecho a decidir.
La miré.
—No. La bebé no es una propiedad familiar. Y Sofía no es una incubadora con apellido pendiente.
Sofía se levantó despacio y caminó hasta mi lado. Tenía los ojos rojos, pero por primera vez no parecía pequeña.
Daniel empujó la silla.
—Esto se salió de control. Yo solo quería encontrar una solución.
Solté una risa breve, sin alegría.
—¿Una solución? Querías ponerme en brazos a la hija de tu amante y verme darte las gracias.
—Yo sabía cuánto deseabas ser mamá.
—No. Sabías cuánto me dolía no serlo. Y usaste eso.
La frase cayó sobre la mesa como un vaso roto.
Nadie rió.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Renata, podemos hablar en privado.
—Ya hablaste mucho en privado. En alemán. En restaurantes. En la casa de tus padres. Con abogados. Con tu mamá diciéndote que me manipularas antes de que Sofía cambiara de opinión.
Levanté mi celular.
—¿Quieres escucharte?
Daniel se detuvo.
Arturo endureció la mandíbula.
—Grabar conversaciones familiares es una bajeza.
Mariana lo miró con calma.
—Presionar a una mujer embarazada para que entregue a su hija también.
Ingrid golpeó la mesa.
—¡Esa bebé tendría una vida mejor con Renata!
La voz me ardió al salir.
—Yo habría amado a esa niña. Eso es lo más cruel de todo. Ustedes sabían que yo la habría amado con todo lo que tengo. Pero nunca iba a aceptar convertirme en madre gracias a una mentira y al dolor de otra mujer.
Sofía se cubrió la boca.
Yo respiré hondo.
—Quise ser mamá durante años. Me culpé. Me hice estudios. Me dejé inyectar hormonas. Escuché a médicos decirme que esperara otro ciclo. Lloré en silencio para que Daniel no se sintiera mal. Y mientras yo hacía todo eso, él estaba planeando traer a su hija a mi casa como si fuera un regalo mal envuelto.
Daniel bajó la mirada.
—No fue así.
—Sí fue así. Lo dijiste con tus propias palabras.
Mariana abrió otra carpeta.
—Además, hay un detalle que su familia no sabe todavía, señora Renata.
Yo sí lo sabía. Lo había descubierto dos días antes.
Mariana sacó copias de estados de cuenta.
—Durante los últimos ocho meses, el señor Daniel transfirió dinero de una cuenta conjunta destinada a tratamientos médicos de fertilidad. Parte de ese dinero fue usado para cubrir gastos de la señorita Sofía sin informar a mi clienta. Otra parte se movió a una cuenta ligada al despacho del señor Arturo bajo el concepto de “gestión familiar”.