PARTE 2
CUANDO FINALMENTE DECIDIÓ AMARME, YO YA HABÍA APRENDIDO A VIVIR SIN ÉL
Adrian no respondió a mi pregunta.
No hacía falta.
Había cosas que una mujer podía tardar ocho años en comprender y un solo segundo en aceptar.
Sophie nunca había sido una molestia.
Yo sí.
Cuando yo enfermaba, cuidarme era una molestia.
Cuando quería celebrar un aniversario, era una molestia.
Cuando le pedía que cenáramos juntos, era una pérdida de tiempo.
Cuando proponía mudarnos para reducir las dos horas que tardaba cada día en llegar al trabajo, era egoísta.
Pero Sophie podía llamarlo desde otro continente diciendo que tenía antojo de comida de Hong Kong y él tomaba un vuelo nocturno para cocinarle.
Lo había descubierto esa misma noche, revisando las publicaciones de Sophie.
Una fotografía mostraba una mesa llena de platos.
El texto decía:
“Solo porque dije que extrañaba la comida de casa, alguien voló toda la noche para cocinarme. Algunas personas nunca cambian.”
La fecha coincidía con una noche que jamás había olvidado.
Yo estaba hospitalizada con casi cuarenta grados de fiebre.
Había llamado a Adrian siete veces.
No respondió.
Cuando finalmente contestó al día siguiente, me dijo:
—Emma, soy científico, no médico. Llamarme continuamente no hará que mejores.
Yo incluso me disculpé.
Le dije que había tenido miedo.
Él suspiró.
—Ese es precisamente el problema. Todo te asusta.
Ahora sabía dónde estaba aquella noche.
A miles de kilómetros.
Cocinando para Sophie.
Guardé el teléfono.
De repente, mis recuerdos empezaron a ordenarse de una manera distinta.
Durante ocho años yo había explicado cada una de sus ausencias.
Cada rechazo.
Cada indiferencia.
Siempre encontraba una razón para justificarlo.
“Adrian está cansado.”
“Adrian tiene presión en el trabajo.”
“Adrian simplemente no es romántico.”
Qué extraordinaria capacidad tenemos para mentirnos cuando amamos a alguien.
Adrian me llevó hasta un edificio de apartamentos en Central.
—Puedes quedarte aquí unos días —dijo.
No bajé del coche.
—No hace falta.
—Emma.
Su voz adquirió aquel tono que utilizaba cuando consideraba que yo estaba siendo irracional.
—Ya es tarde.
—Tengo hotel.
—No seas infantil.
Lo miré.
—¿Sabes qué es curioso?
Frunció el ceño.
—Durante años, cada vez que yo quería algo que tú no querías darme, decías que era infantil.
Quise casarme contigo: infantil.
Quise que celebráramos nuestro aniversario: infantil.
Quise que vinieras conmigo al hospital: infantil.
Quise que me acompañaras a escoger muebles para la casa donde supuestamente viviríamos después de casarnos: infantil.
Me reí suavemente.
—Pero Sophie amenaza con castigarte sin dormir con ella porque tardaste tres segundos en contestar y te parece adorable.
Sus dedos se tensaron alrededor del volante.
—No compares.
—No lo hago.
Abrí la puerta.
—Ya dejé de compararme.
Aquello pareció incomodarlo más que cualquier escena.
Durante años Adrian había sabido manejar mis lágrimas.
Sabía que, si permanecía en silencio el tiempo suficiente, yo terminaría disculpándome.
Sabía que, si se alejaba, yo iría detrás.
Sabía que podía ignorarme durante dos días y yo seguiría dejando preparada su cena.
Pero aquella noche yo no lloré.
Y por primera vez él no sabía qué hacer conmigo.
—Te recogeré mañana —dijo.
—No.
—Tenemos que hablar de la boda.
Me detuve.
—No tenemos boda.
—Emma.
—Nuestra boda estaba programada para dentro de dos semanas. La tuya con Sophie, por lo que acabo de escuchar, es el miércoles.
Por primera vez su rostro cambió.
—¿Quién te dijo eso?
—Mis padres.
Adrian quedó en silencio.
Esa reacción fue suficiente.
No lo negó.
Simplemente preguntó quién me lo había dicho.
Cerré los ojos un instante.
—Así que es verdad.
—No es como piensas.
Sonreí.
Qué frase tan predecible.
—Entonces explícame cómo debería pensarlo.
Él desvió la mirada hacia el parabrisas cubierto de lluvia.
—Sophie tuvo un accidente hace unos meses.
—Lo sé.
—Después del accidente empezó a sufrir episodios de ansiedad. Su médico dijo que necesita estabilidad emocional.
—¿Y casarte con ella es parte del tratamiento?
—Emma…
—Estoy escuchando.
Adrian permaneció callado varios segundos.
—La familia de Sophie pasó por muchas cosas. Sus padres murieron cuando ella era joven. Tus padres prácticamente la criaron. Antes de irse al extranjero, ella y yo…
—Eran pareja.
—Sí.
Curiosamente, escuchar la palabra en voz alta dolió menos de lo esperado.
Quizá porque ya me había dolido demasiado antes.
—Entonces ¿por qué comenzaste conmigo?
Su mandíbula se tensó.
—Porque Sophie se marchó.
—No fue eso lo que pregunté.
Adrian me miró.
—Las cosas ocurrieron así.
Otra frase vacía.
—Ocho años, Adrian.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Por primera vez mi voz tembló.
—Te acompañé cuando todavía eras investigador asociado y cobrabas menos que yo. Cuando tu proyecto fue rechazado tres veces y querías renunciar, fui yo quien pagó el alquiler durante seis meses. Cuando tu padre murió, pasé cuarenta y nueve noches contigo porque no podías dormir. Cuando empezaste a tener ataques de ansiedad antes de las conferencias, yo aprendí tus ejercicios de respiración porque tú te negabas a ir a terapia.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Pero seguí hablando.
—Vendí las acciones que me dejó mi abuela para financiar el equipo que necesitabas cuando el instituto rechazó tu presupuesto.
Él levantó bruscamente la cabeza.
—¿Qué?
Lo miré sorprendida.
—¿Ni siquiera lo sabías?
—Pensé que el instituto finalmente había aprobado el dinero.
Solté una carcajada pequeña y triste.
—Claro que lo pensaste.
Adrian abrió la boca.
No dijo nada.
Porque aquel era el problema.
Nunca había preguntado.
Nunca había querido saber cuánto había dado yo para construir la vida que él disfrutaba.
—Emma…
—No importa.
Me bajé del coche.
Él también abrió la puerta.
—Espera.
—Buenas noches, Adrian.
—¿Realmente aceptaste el trabajo en Nueva York?
Me volví.
Su expresión parecía incrédula.
No triste.
Todavía no.
Simplemente incrédula.
Como si el mundo hubiera cambiado las reglas sin consultarle.
—Sí.
—Rechazaste esa oferta tres veces.
—Por ti.
—Entonces ¿por qué ahora…?
Lo observé durante unos segundos.
—Precisamente por eso.
Entré al hotel sin mirar atrás
A la mañana siguiente bloqueé a mis padres.
No bloqueé a Adrian.
No porque esperara algo.
Simplemente porque ya no me importaba lo suficiente.
Tenía cuarenta y ocho horas para organizar una vida nueva.
Vendí los muebles que había comprado para nuestra casa.
Cancelé la reserva del salón de bodas.
Llamé a la diseñadora que estaba terminando mi vestido.
—¿Quiere cancelar el encargo? —preguntó con cuidado.
Miré la fotografía que me había enviado la semana anterior.
Era un vestido sencillo, marfil, con mangas de encaje.