Durante meses había imaginado a Adrian esperándome al final del pasillo.
—Sí.
—El vestido ya está casi terminado. No podremos devolverle todo el depósito.
—Está bien.
Antes de colgar, la mujer dudó.
—Señora Cole…
—Señorita Bennett.
Hubo un silencio.
—Perdón. Señorita Bennett. ¿Está segura?
Miré mi reflejo en la ventana.
—Por primera vez en muchos años.
Después llamé al agente inmobiliario.
La mitad del depósito de nuestra futura casa provenía de mis ahorros.
El contrato todavía no estaba firmado definitivamente.
Recuperé mi parte.
Transferí todas mis cuentas personales.
Empaqué dos maletas.
Ocho años cabían sorprendentemente bien en dos maletas cuando uno dejaba de cargar con recuerdos.
A mediodía Sophie me llamó.
Casi no contesté.
Lo hice por curiosidad.
—¡Emma!
Su voz sonaba alegre.
—¿Estás ocupada?
—Un poco.
—Quería darte las gracias por ayer. Espero que hayas llegado bien.
—Sí.
—Adrian estaba raro después de dejarte. ¿Discutió con tu marido por algo?
Me quedé en silencio.
Sophie seguía sin saberlo.
O fingía extraordinariamente bien.
—No.
—Ah. Qué alivio.
Hizo una pausa.
—Por cierto, este miércoles voy a celebrar una pequeña ceremonia.
—Lo sé.
—¿En serio? ¡Qué rápido se corren las noticias!
Su risa llenó el teléfono.
—No es exactamente una boda formal. Bueno… sí lo es, pero será íntima. Adrian dice que no hace falta hacer mucho ruido.
Sentí una punzada.
Nuestra boda llevaba casi un año planificándose.
Adrian había rechazado cada sugerencia.
Las flores eran innecesarias.
La música era innecesaria.
Las fotografías eran innecesarias.
Una luna de miel era innecesaria.
Siempre repetía:
—Casarse es firmar un documento. Todo lo demás es teatro.
Ahora, para Sophie, había organizado una ceremonia en menos de una semana.
—Felicidades —dije.
—Gracias.
Su tono se volvió ligeramente tímido.
—Sé que sonará raro porque apenas nos conocemos, pero… ¿vendrías?
Cerré los ojos.
—No estaré en Hong Kong.
—¿Viaje de trabajo?
—Me mudo.
—¿Con tu marido?
—No.
Sophie guardó silencio por primera vez.
—¿Pasó algo?
—Sí.
—Emma, si necesitas hablar…
Sonreí.
—No te preocupes.
—Pero…
—Tengo que colgar.
Antes de hacerlo, ella preguntó:
—¿Tu esposo sabe que te vas?
Miré mis dos maletas junto a la puerta.
—Lo sabrá cuando sea importante.
Esa noche Adrian apareció en el hotel.
No sé cómo averiguó dónde estaba.
Probablemente preguntó a mi asistente.
Llamó tres veces.
No abrí.
Finalmente habló desde el pasillo.
—Emma, sé que estás dentro.
Seguí doblando ropa.
—Tenemos que hablar.
Nada.
—El salón de bodas llamó. Cancelaste la reserva.
Guardé una camisa.
—También me llamaron de la inmobiliaria. Retiraste tu parte del depósito.
Otra camisa.
—Y la diseñadora dijo que cancelaste el vestido.
Entonces abrí la puerta.
—¿Terminaste?
Adrian me miró.
Por primera vez en ocho años parecía desordenado.
La camisa estaba arrugada.
No llevaba corbata.
Tenía ojeras.
—¿Qué estás haciendo?
—Empacando.
Miró las maletas.
—¿De verdad te vas?
—Te lo dije.
—Pensé que estabas enfadada.
—Lo estaba.
—Entonces podemos arreglarlo.
Me apoyé en el marco.
—¿Arreglar qué?
—Todo esto.
—Adrian, te casas con otra mujer el miércoles.
—Eso no cambiará nuestra relación.
Por un segundo pensé que había oído mal.
—¿Perdón?
—Es complicado.
—Intenta explicarlo.
Se pasó una mano por el cabello.
—Sophie necesita esto.
—¿Y yo qué soy entonces?
—No conviertas esto en una competencia.
—No lo es.
Lo miré fijamente.
—Estoy intentando entender qué lugar suponías que debía ocupar yo después de que te casaras con ella.
No respondió inmediatamente.
Ese segundo de silencio me hizo sentir náuseas.
—Pensabas volver conmigo.
Adrian frunció el ceño.
—Después de que Sophie se estabilice, podemos resolverlo.
—¿Resolverlo?
—Ella no pretende quedarse para siempre.
Me quedé mirándolo.
Entonces comprendí algo todavía más humillante.
Adrian había asumido que yo esperaría.
Que podría casarse con Sophie.
Cuidarla.
Vivir en nuestra casa con ella.
Y cuando aquello terminara, volvería conmigo.
Porque Emma siempre esperaba.
Emma siempre perdonaba.
Emma siempre entendía.
—¿Sabes qué es lo más increíble? —pregunté.
—¿Qué?
—Que ni siquiera eres consciente de lo cruel que suena.
Su expresión se endureció.
—Estoy intentando hacer lo correcto.
—No. Estás intentando conservarlo todo.
Mi voz se volvió tranquila.
—Quieres darle a Sophie el amor que no pudiste darle cuando se marchó. Y quieres mantenerme a mí como la persona segura que siempre estará esperando.
—No eres una “persona segura”.
—Entonces ¿qué soy?
Otra vez ese silencio.
Sonreí.
—Eso pensaba.
Intenté cerrar la puerta.
Adrian la detuvo con la mano.
—No te vayas el lunes.
—Mi vuelo sale el domingo.
Su rostro cambió.
—Dijiste tres días.
—Han pasado dos.
—Emma.
Por primera vez escuché algo parecido a urgencia en su voz.
—No puedes simplemente desaparecer.
—Claro que puedo.
—Tenemos ocho años juntos.
—Los mismos ocho años que ayer resumiste ante Sophie diciendo que yo era la esposa de un compañero.
Su mano cayó lentamente.
—No podía decirle la verdad.
—¿Por qué?
No respondió.
—Porque temías que se sintiera mal.
—Sí.
Asentí.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque acabas de responder algo que tardé ocho años en preguntar.
—¿Qué cosa?
—A quién proteges cuando hay que elegir entre su dolor y el mío.
Cerré la puerta.
El domingo por la mañana recibí treinta y dos llamadas.
Once de Adrian.
Siete de mi madre.
Cinco de mi padre.
El resto eran números desconocidos.
No contesté ninguna.