PARTE 3
El salón quedó tan callado que se escuchó el zumbido de las luces sobre el escenario.
Diego miró la carpeta en manos de Arturo como si dentro hubiera un animal vivo. Valeria retrocedió medio paso. El presidente del consejo, Ernesto Cárdenas, pidió a los músicos que dejaran de tocar. La melodía se cortó a la mitad, dejando la gala suspendida en una incomodidad perfecta.
“Propongo que pasemos a una sala privada”, dijo Ernesto, tratando de salvar lo que quedaba de imagen pública.
Arturo negó con calma.
“Cuando una empresa invita a médicos, inversionistas, empleados y prensa para celebrar su futuro, todos tienen derecho a saber por qué ese futuro no será anunciado esta noche.”
Diego se acercó a él.
“Esto es una venganza familiar.”
“No”, respondió Arturo. “Es diligencia financiera. La parte familiar empezó cuando humillaste a mi hija con dinero de su propia casa.”
Un murmullo recorrió el salón.
Mariana sintió que muchas miradas se posaban sobre ella, pero esta vez no bajó la cabeza. Por años había aprendido a hacerse pequeña para no incomodar a Diego. Esa noche, su sola presencia lo estaba desarmando.
Arturo abrió la carpeta.
“Grupo Armenta Capital revisó los estados financieros de TecnoSalud Santillán. Encontramos pagos por consultoría a Montes Strategic Services, empresa registrada a nombre del hermano de la señorita Valeria Montes.”
Valeria palideció.
“Esos pagos eran por coordinación internacional.”
Arturo pasó una hoja a Ernesto.
“Esa empresa no tiene empleados, domicilio operativo ni reportes de servicio entregados. También encontramos compras personales cargadas a presupuestos de investigación, incluyendo joyería de alta gama.”
Los ojos del consejo se movieron hacia los aretes de Valeria.
Ella se los quitó con manos temblorosas.
“Diego me dijo que todo estaba autorizado.”
Diego volteó hacia ella con rabia.
“Tú firmaste las facturas.”
“Porque tú me lo pediste.”
“Porque tú sabías lo que hacías.”
La pareja que minutos antes se había mostrado como símbolo de ambición y elegancia comenzó a destruirse frente al mismo público al que quería impresionar.
Mariana observó a Diego y sintió una tristeza extraña, no por perderlo, sino por reconocerlo al fin sin maquillaje. Su marido no estaba defendiendo a Valeria. Tampoco a la empresa. Solo buscaba a quién empujar al barranco antes de caer.
Ernesto revisó otra hoja y levantó la vista.
“Aquí aparece Mariana Rivas como asesora patrimonial e intermediaria con Grupo Armenta.”
Diego se quedó rígido.
Mariana dio un paso al frente.
“Yo nunca ocupé ese cargo. Nunca autoricé mi nombre. Nunca firmé ese documento.”
Arturo agregó:
“Ya enviamos las firmas a peritaje. Hay indicios de falsificación.”
La palabra falsificación encendió los celulares de varios asistentes. Algunos periodistas empezaron a escribir. Los empleados de TecnoSalud, reunidos cerca de las mesas del fondo, se miraban con miedo.
Diego intentó hablar con tono controlado.
“Mariana ocultó quién era su padre durante todo nuestro matrimonio. Me manipuló.”
Ella lo miró sin odio.
“Yo oculté un apellido para saber si podías amar a una mujer sin usarla. Tú falsificaste mi nombre para vender una empresa que no podías sostener limpia.”