Diego abrió la boca, pero no encontró una frase suficientemente elegante para cubrir aquello.
Mariana se quitó el anillo de matrimonio. No lo aventó. No hizo una escena teatral. Solo lo colocó sobre una mesa alta, junto a una copa intacta.
El sonido fue pequeño.
Pero todos lo escucharon.
“Mis abogados recogerán mis cosas”, dijo.
Diego bajó la voz.
“No puedes hacer esto. Todo lo que tengo está en juego.”
“Lo sé”, respondió ella. “Por eso debiste pensar antes de tratarme como si yo fuera lo único que podías perder sin consecuencias.”
Arturo puso una mano en la espalda de Mariana, sin empujarla, solo recordándole que no estaba sola.
Ernesto ordenó suspender la presentación y convocó una reunión urgente del consejo. Dos guardias se acercaron a Diego, no para arrestarlo todavía, sino para impedir que se acercara a documentos o invitados clave.
Valeria lloraba en silencio, rodeada de miradas que ya no la veían como una ejecutiva brillante, sino como parte del incendio.
Cuando Mariana y Arturo salieron al pasillo, Diego gritó desde la entrada del salón:
“¡Pregúntale a tu hija por qué se casó conmigo si tanto quería probar que yo no la quería por dinero!”
Mariana se detuvo.
Diego sonrió con una frialdad nueva.
“¿Crees que yo no sabía quién era? Lo supe antes de la segunda cita.”
El pasillo pareció inclinarse.
Arturo se quedó completamente quieto.
Mariana volvió despacio.
“¿Qué dijiste?”
Diego ya no tenía nada que proteger, y por eso habló con veneno.
“Me acerqué a ti porque alguien me dijo que la hija de Arturo Rivas estaba peleada con su familia, viviendo como si no tuviera apellido. Casarme contigo era la forma más rápida de acercarme a Grupo Armenta sin tocar la puerta.”
Mariana sintió que el aire se le iba del cuerpo.
Recordó la primera vez que Diego apareció en la librería de la Roma donde ella iba los jueves. Recordó cómo fingió sorpresa al verla. Recordó que sabía demasiado sobre sus gustos, sus horarios, sus heridas.
Todo lo que ella llamó destino quizá había sido vigilancia.
Arturo dio un paso hacia Diego.
“¿Quién te mandó?”
Diego sonrió.
“Eso averígüelo usted.”
Los guardias lo hicieron retroceder.