PARTE 2
Cuando leí el mensaje de Daniel, no sentí pena.
Tampoco satisfacción.
Solo confirmé algo que ya sabía.
Durante tres años yo no había sido su esposa.
Había sido el sistema que mantenía funcionando su vida.
Abrí los mensajes desde el más antiguo.
El primero había llegado unas horas después de mi despegue.
“¿Dónde estás?”
Luego:
“¿Por qué no contestas?”
Después:
“La tarjeta no funciona.”
Más tarde:
“¿Cambiaste algo de la cuenta?”
A partir de ahí, el tono empezó a cambiar.
“Emma, esto no tiene gracia.”
“Me rechazaron la tarjeta en el restaurante.”
“El banco llamó por la hipoteca.”
“¿Por qué no pagaste el coche este mes?”
“Llámame.”
“Llámame YA.”
Y finalmente, después de decenas de mensajes cada vez más desesperados:
“Vuelve, por favor.”
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Entonces llamé.
Contestó antes del primer tono completo.
—¡Emma!
Parecía llevar horas esperando junto al teléfono.
—¿Dónde demonios estás?
—En Frankfurt.
Hubo silencio.
—¿Frankfurt… Alemania?
—Sí.
—¿Qué haces allí?
—Trabajando.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Seis meses.
Otra pausa.
Esta vez escuché su respiración acelerarse.
—¿Y se supone que yo qué voy a hacer aquí?
La pregunta me hizo cerrar los ojos.
No preguntó si yo estaba bien.
No preguntó por qué me había ido.
No preguntó qué había ocurrido para que su esposa abandonara el país sin avisar.
Preguntó qué iba a hacer él.
—Eso tendrás que resolverlo tú —respondí.
—Emma, deja de comportarte como una niña.
Me reí.
Fue una risa breve.
—Daniel, llevas tres años entregando todo tu salario a tu madre. Imagino que ella podrá ayudarte.
—Ese dinero es inversión familiar.
—Perfecto. Entonces úsalo.
—No puedo sacarlo así como así.
Aquella frase me llamó la atención.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque mamá lo administra.
—Daniel, ganas casi dos millones de yuanes al año. ¿Me estás diciendo que no puedes acceder a tu propio dinero?
—No entiendes cómo funciona.
—Entonces explícamelo.
No respondió.
Y en ese momento comprendí que había algo que yo todavía desconocía.
—Tengo que irme —dijo apresuradamente.
—Claro.
Antes de colgar añadió:
—Paga al menos la hipoteca. No puedes dejarnos con todos los gastos.
Me quedé en silencio.
—Daniel… esa casa está a nombre de los dos.
—Exacto.
—Y durante treinta y seis meses yo pagué prácticamente todas las cuotas.
—Somos matrimonio. No puedes llevar cuentas así.
—Curioso. Nunca decías eso cuando transferías tu sueldo a tu madre.
Colgué.