Aquel mismo día recibí una llamada de Linda.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después envió un mensaje.
“Emma, los asuntos entre marido y mujer deben resolverse dentro de casa. Regresa y deja de avergonzar a Daniel.”
No respondí.
Media hora después llegó otro.
“Una buena esposa no abandona a su marido por dinero.”
Ahí sí contesté.
“Precisamente por eso no me fui por dinero.”
“Me fui porque descubrí que no tenía marido.”
La bloqueé.
Durante la primera semana en Frankfurt me dediqué por completo al proyecto.
El trabajo era exigente, pero por primera vez en años llegaba a mi apartamento temporal y todo permanecía exactamente como yo lo había dejado.
Nadie esperaba la cena.
Nadie había usado mi tarjeta.
Nadie me preguntaba por qué la factura del teléfono todavía no estaba pagada.
Parecía una tontería, pero descubrí que el silencio podía sentirse como lujo.
Dormía mejor.
Comía mejor.
Incluso volví a comprarme ropa sin sentir culpa.
Entonces, nueve días después de mi llegada, recibí un correo del banco.
La cuota de la hipoteca estaba vencida.
La cuenta conjunta no tenía fondos.
No hice nada.
Dos días después llegó otro aviso relacionado con el préstamo del coche.
Tampoco hice nada.
Daniel empezó a llamarme todas las noches.
Una vez contesté.
—¿Cuándo vas a arreglar esto?
—¿Arreglar qué?
—Los pagos.
—No son “mis” pagos. Son nuestros.
—Emma, yo no tengo efectivo.
—Pídeselo a Linda.
—¡Mamá no tiene liquidez ahora mismo!
Aquello sí me sorprendió.
—¿Dónde están entonces los millones que le has transferido todos estos años?
Daniel se quedó callado.
—Daniel.
—Ella los invirtió.
—¿En qué?
—En varias cosas.
—¿En qué cosas?
—No lo sé exactamente.
Me incorporé en la silla.
Durante tres años aquel hombre había transferido sumas enormes a otra persona con el argumento de que estaba “protegiendo nuestro futuro”.
Y ni siquiera sabía dónde estaba el dinero.
—¿Cuánto tienes disponible ahora mismo?
—No mucho.
—¿Cuánto?
—Unos veinte mil.
—Ganas más de ciento cincuenta mil al mes y tienes veinte mil.
—Mamá necesita tiempo para mover las inversiones.
—Entonces esperen.
Colgué.
A la mañana siguiente ocurrió algo inesperado.
Recibí una llamada del banco que había financiado nuestro apartamento.
No era un aviso automático.
Era un ejecutivo.
Me informó de que alguien había solicitado documentación para estudiar una refinanciación sobre la propiedad.
—¿Quién hizo la solicitud? —pregunté.
—El señor Daniel Zhou.
Aquello no tenía sentido.
Daniel sabía que cualquier modificación importante requería mi firma.
Pedí que congelaran cualquier trámite hasta que yo estuviera presente.
Después llamé a una amiga abogada, Sophie, que había trabajado conmigo años atrás.
Le conté todo.
Su primera pregunta fue sencilla:
—¿Tienes copia de los documentos financieros de los últimos tres años?
—Sí.
Yo era arquitecta. Guardaba absolutamente todo.
Extractos.
Transferencias.
Recibos.
Pagos hipotecarios.
Compras.
Facturas.