Un sofá amarillo.
Ethan lo habría odiado.
Ese pensamiento me hizo reír.
La primera noche dormí mal.
La segunda, un poco mejor.
La tercera desperté sin buscar a nadie al otro lado de la cama.
La cuarta recibí un correo de Daniel.
“Ethan ya fue notificado formalmente.”
Me quedé mirando la pantalla.
Cinco minutos después sonó mi teléfono.
Ethan.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Y otra.
Finalmente llegó un mensaje.
“¿Qué demonios significa esto?”
Otro.
“¿Divorcio?”
Otro.
“Olivia, contesta ahora.”
No contesté.
Un minuto después:
“No estoy jugando.”
Sonreí sin humor.
Exactamente.
Yo tampoco.
En Finlandia, según supe más tarde, Ethan estaba cenando con Vanessa cuando recibió la notificación.
Daniel me contó que la empresa de mensajería había confirmado la entrega electrónica.
Vanessa también terminó contándome su versión meses después.
Al parecer, Ethan leyó los documentos tres veces.
Luego se levantó de la mesa.
—Esto es una estupidez.
Vanessa le preguntó qué ocurría.
—Olivia presentó el divorcio.
Vanessa guardó silencio.
Después dijo:
—Quizá solo quiere asustarte.
Ethan pensó lo mismo.
Ese había sido siempre su error.
Creía conocer el límite de mi paciencia porque jamás me había obligado a mostrarlo.
Me llamó catorce veces aquella noche.
Cuando comprendió que no respondería, llamó a nuestra casa.
Nadie contestó.
Luego al personal de seguridad del edificio.
Le dijeron que yo había salido con varias cajas hacía días.
Según Vanessa, Ethan dejó de hablar.
—¿Se mudó?
El guardia respondió que sí.
Entonces Ethan abrió la aplicación de las cámaras domésticas.
Yo ya había eliminado mi acceso.
Pero él todavía podía ver las grabaciones.
Me vio doblando ropa.
Cerrando cajas.
Quitando mis libros de las estanterías.
Y finalmente dejando el anillo sobre su escritorio.
Vanessa dijo que permaneció mirando la pantalla durante casi diez minutos.
Después comenzó a buscar vuelos.
—¿Qué haces?
—Regreso a Chicago.
—Ethan, nos quedan tres días.
—No me importa.
—Pero esta noche tenemos la excursión para ver la aurora.
Él cerró la computadora.
—Cancélala.
Vanessa lo miró incrédula.
Siete años antes habían prometido ver juntos aquella aurora.
Yo había pasado seis meses preparando el viaje.
Y cuando finalmente estaban allí…
Ethan decidió regresar por mí.
Solo que ya era demasiado tarde.
No consiguió vuelo directo hasta la mañana siguiente.
Cuando llegó a Chicago fue directamente a casa.
Encontró el salón intacto.
La cocina impecable.
Su ropa en el armario.
Sus documentos ordenados.
Todo lo suyo permanecía allí.
Solo faltaba yo.
Sobre su escritorio estaba el sobre blanco.
Y el anillo.
Ethan llamó a Daniel.
—Quiero hablar con mi esposa.
—La señora Walker ha solicitado que toda comunicación legal sea a través de mí.
—No me importa lo que haya solicitado. Dime dónde está.
—No estoy autorizado.
—Daniel.
—Ethan.
—Esto es un matrimonio, no un contrato cualquiera.
Daniel respondió:
—Entonces quizá debiste tratarlo como un matrimonio antes de cancelar el billete de tu esposa para llevarte a tu exnovia.
Después colgó.
Según me contó Daniel, Ethan volvió a llamar seis veces.
Dos días después apareció en Boston.
No sé cómo descubrió dónde estaba.
Quizá recordó el apartamento.
Quizá contrató a alguien.
Lo único que sé es que aquella mañana escuché golpes en la puerta.
Cuando abrí, Ethan estaba allí.
Nunca lo había visto tan desarreglado.
Llevaba barba de varios días.
El cabello revuelto.
Todavía tenía puesto el abrigo que se había llevado a Finlandia.
—Olivia.
Intentó entrar.
Bloqueé la puerta con el cuerpo.
—¿Qué haces aquí?
Su expresión cambió.
Era evidente que esperaba otra recepción.
Tal vez lágrimas.
Tal vez una discusión.
Tal vez que me arrojara contra su pecho y le exigiera explicaciones.
No encontró nada de eso.
—Tenemos que hablar.
—Puedes hablar con Daniel.
—No vine a hablar con Daniel.
—Ese no es mi problema.
Intenté cerrar.
Ethan puso una mano contra la puerta.
—¿De verdad vas a divorciarte de mí por un viaje?
Lo miré.
Y entonces comprendí que todavía no lo entendía.
—No me estoy divorciando de ti por un viaje.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque tardé siete años en aceptar que cada vez que Vanessa aparece, yo desaparezco para ti.
Abrió la boca.
—Eso no es verdad.
—Cancelaste nuestra luna de miel por ella.
—Su empresa estaba…
—Cancelaste mi billete cuatro días antes del viaje y ni siquiera me lo dijiste.
Calló.
—Le diste mi asiento.
—Olivia…
—Mi habitación. Mi cámara. Mi ropa. Mi itinerario. Hasta las reservas que hice para nuestra luna de miel.
Respiré.
—Y cuando ella te dijo delante de mí que había cancelado su boda porque todavía te amaba, no te alejaste.
Ethan apretó la mandíbula.
—Estaba alterada.
—No.
Negué lentamente.
—Estaba segura de sí misma porque sabía que tú se lo permitías.
Por primera vez, Ethan no encontró respuesta.
Continué:
—¿Quieres saber cuál fue la peor parte?
Me miró.
—Ni siquiera fue verla contigo.
Mi voz permaneció tranquila.
—Fue darme cuenta de que tú estabas convencido de que yo seguiría allí cuando regresaras.
Algo se movió en su expresión.
—Porque eres mi esposa.
—Era tu esposa.
—Todavía lo eres.
—Legalmente, por unas semanas más.
Su rostro se endureció.
—No voy a firmar.
—No necesito que estés de acuerdo para iniciar el proceso.
—Entonces lo voy a pelear.
—¿Para qué?
Aquella pregunta pareció sorprenderlo.
—¿Qué?
—¿Para qué quieres seguir casado conmigo?
Ethan abrió la boca.
No dijo nada.
—¿Porque me amas?
Silencio.
—¿Porque no puedes vivir sin mí?
Silencio.
—¿O porque no soportas que esta vez yo haya sido quien te dejó?
Su rostro palideció.
Cerré la puerta.
Después de aquello, Ethan empezó a aparecer en todas partes.
Enviaba flores.
Las devolvía.
Mandaba regalos.
No los aceptaba.
Reservó una mesa en nuestro restaurante favorito.
No fui.
Una tarde encontré frente a mi puerta una caja enorme.