Dentro estaba la cámara.
La misma que había entregado en el aeropuerto.
También había una nota.
“Vanessa nunca la usó.”
No sabía si aquello debía hacerme sentir mejor.
No lo hizo.
La guardé en un armario.
Tres días después Ethan me envió una fotografía.
Era la aurora boreal.
La imagen estaba tomada con un teléfono.
Debajo escribió:
“Al final fui solo.”
Respondí por primera vez.
“Espero que haya valido la pena.”
Su contestación llegó inmediatamente.
“No.”
Después:
“Nada de aquello valió la pena.”
No respondí más.
Vanessa regresó a Estados Unidos dos semanas después.
Creí que volvería a desaparecer de mi vida.
Me equivoqué.
Una tarde apareció frente al edificio.
Estaba impecable.
Abrigo beige.
Cabello perfectamente peinado.
La misma seguridad que había mostrado en el aeropuerto.
Pero sus ojos eran distintos.
—Necesito hablar contigo.
—Yo no necesito hablar contigo.
—Son cinco minutos.
Miré la hora.
—Tres.
Vanessa sonrió débilmente.
—Ethan y yo no estamos juntos.
—Eso no me interesa.
—Quiero que lo sepas.
—¿Por qué?
Ella bajó la mirada.
—Porque yo pensaba que sí.
Esperé.
—Toda mi vida creí que Ethan y yo simplemente habíamos elegido mal el momento. Que si alguna vez volvía y le decía que todavía lo quería, él regresaría conmigo.
—Y te llevó a Finlandia.
—Sí.
—Entonces obtuviste lo que querías.
Vanessa negó.
—No.
Por primera vez parecía avergonzada.
—Conseguí que te dejara en aquel aeropuerto.
Pero nunca conseguí que me eligiera de verdad.
Fruncí el ceño.
Ella continuó:
—El primer día estaba pendiente de su teléfono. El segundo también. Cuando publicaba una foto, miraba si tú la habías visto. Cuando cenábamos, preguntaba si habías respondido sus mensajes.
Se le escapó una risa amarga.
—Y cuando recibió los papeles del divorcio, dejó de verme por completo.
No sentí satisfacción.
Tampoco pena.
Solo cansancio.
—Vanessa, eso ya no cambia nada.
—Lo sé.
Se quedó callada.
—Hay algo más.
Sacó el teléfono.
Me mostró una conversación antigua.
Entre ella y Ethan.
Cuatro días antes del viaje.
Vanessa:
“Entonces, ¿de verdad me llevarías?”
Ethan:
“Olivia se enfadará.”
Vanessa:
“Pero se le pasará.”
Pasaron dos minutos antes de la siguiente respuesta.
Ethan:
“Sí. Se le pasará.”
Sentí un dolor breve.
Mucho más pequeño que antes.
Vanessa apagó la pantalla.
—Él sabía que te haría daño.
—Sí.
—Y aun así lo hizo.
—Sí.
—Lo siento.
La miré.
—No necesito que lo sientas.
—Pero…
—Tú querías comprobar si todavía podías recuperarlo.
Vanessa bajó la cabeza.
—Sí.
—Y él quería demostrarte que todavía estabas por encima de mí.
Me crucé de brazos.
—Los dos obtuvieron su respuesta.
Ella permaneció en silencio.
—Solo que ninguno calculó qué pasaría si yo dejaba de participar en el juego.
Vanessa se marchó sin decir nada más.
El proceso de divorcio tardó tres meses.
Ethan cumplió su amenaza.
Se negó a firmar al principio.
Pidió mediación.
Solicitó prórrogas.
Incluso propuso terapia matrimonial.
Acepté una sola sesión.
No porque quisiera reconciliarme.
Sino porque Daniel pensó que facilitaría el acuerdo.
La terapeuta nos preguntó:
—Ethan, ¿por qué quiere conservar este matrimonio?
Él respondió inmediatamente:
—Porque amo a mi esposa.
Fue la primera vez que lo decía así en años.
Antes habría dado cualquier cosa por escucharlo.
Aquella tarde solo sentí tristeza.
La terapeuta me preguntó:
—Olivia, ¿qué necesita escuchar para considerar una reconciliación?
Pensé unos segundos.
—Nada.
Ethan giró hacia mí.
—¿Nada?
—No existe una frase que pueda devolverme los últimos siete años.
—Puedo cambiar.
—Quizá.
—Puedo cortar contacto con Vanessa.
—Hazlo si quieres.
—Podemos hacer el viaje otra vez.
Aquello casi me hizo reír.
—Sigues pensando que se trata del viaje.
Ethan me miró desesperado.
—Entonces dime qué hago.
—Acepta que me fui.
—No puedo.
—Tendrás que hacerlo.
La terapeuta intervino.
—Ethan, amar a alguien también significa aceptar decisiones que no nos gustan.
Él la ignoró.
Me miró únicamente a mí.
—Dame una oportunidad.
Negué.
—Ya te di siete años.
Firmó el divorcio dos semanas después.
No porque dejara de querer impedirlo.
Sino porque finalmente comprendió que prolongar el proceso no me haría volver.
El día de la firma nos encontramos en el despacho de Daniel.
Ethan llegó antes que yo.
Llevaba traje gris.
Perfectamente arreglado.
Por primera vez desde Finlandia parecía el hombre que yo había conocido.
Cuando entré, levantó la vista.
Sus ojos permanecieron sobre mí demasiado tiempo.
—Te cortaste el cabello.
Me toqué inconscientemente las puntas.
—Sí.
—Te queda bien.
—Gracias.
Nos sentamos.
Daniel comenzó a revisar los documentos.
Ethan apenas escuchaba.