PARTE 2
Cuando colgué, me quedé sentada al borde de la cama, sosteniendo la cajita de terciopelo como si fuera el último puente entre la mujer que fui y la que estaba por despertar.
Tres años antes había dejado la casa de mi padre en San Pedro Garza García por Rodrigo. Mi papá me advirtió que ese hombre olía a ambición disfrazada de amor. Yo le dije que no entendía, que Rodrigo era distinto, que yo no necesitaba lujos ni apellidos para ser feliz.
Mi padre no volvió a buscarme.
Y yo, por orgullo, tampoco lo llamé.
El celular vibró otra vez.
Otro mensaje de Valeria.
Esta vez era un video.
Se veía el gran salón del hotel sobre Paseo de la Reforma, lleno de lámparas enormes, copas, música en vivo y mesas con centros florales blancos. La cámara se acercó a Rodrigo, que hablaba con varios directivos mientras sostenía una copa de vino tinto.
Valeria apareció a su lado y le acomodó el saco con confianza. Después miró directo a la cámara y movió los labios sin sonido:
“Ya es mío.”
Sentí algo romperse dentro de mí, pero no fue el corazón.
Fue el miedo.
Miré mi mano izquierda. Tres días antes, Rodrigo me había pedido que dejara de usar mi anillo porque, según él, “se veía anticuado” y no combinaba con la imagen moderna que necesitaba para sus reuniones. Al día siguiente, vi en redes una foto de Valeria usando un diamante nuevo, enorme, brillante.
En ese instante tocaron la puerta.
Doña Lupita asomó la cabeza.
“Señora… hay un señor abajo. Dice que viene por usted. Llegó en un Bentley negro.”
Bajé casi corriendo.
En la sala estaba Ramiro, el chofer de mi padre desde que yo era niña. Llevaba traje oscuro, guantes negros y la misma mirada discreta de siempre, aunque sus ojos estaban húmedos.
“Señorita Mariana”, dijo inclinando apenas la cabeza, “don Aurelio me pidió venir por usted.”
Doña Lupita abrió la boca, confundida. Para ella yo era solo la esposa callada de Rodrigo, una mujer sin visitas, sin familia, sin historia.
Pero Ramiro no había llegado solo.
Detrás de él entraron dos estilistas, una maquillista y una mujer cargando fundas largas de diseñador. Sobre una mesa colocaron joyeros, zapatos, un abrigo de seda y un sobre cerrado con el sello de Grupo Alcázar.
“Su padre dijo que eligiera usted”, explicó Ramiro.
Abrí una de las fundas.
Adentro había un vestido color vino profundo, sobrio, elegante, con caída perfecta. No era vulgar, no era escandaloso. Era de esos vestidos que no necesitan gritar porque entran a una habitación y todo lo demás baja la voz.
Mientras me arreglaban, Doña Lupita recogió del piso mi vestido azul viejo y lo sostuvo con cuidado.
“Usted no merecía esto, mi niña.”
La miré por el espejo.
“Nadie merece quedarse donde la hacen sentir invisible.”
Cuarenta minutos después, bajé las escaleras transformada.
No en otra persona.
En mí misma, por fin.
Ramiro abrió la puerta del Bentley. Antes de subir, revisé el sobre de mi padre.
Dentro había una sola hoja.
“El contrato de Salvatierra Capital depende de Altamar. Altamar depende de mí. Esta noche eliges tú.”
Cerré los ojos.
Rodrigo llevaba seis meses rogando por una inversión de noventa millones de pesos para salvar su empresa de una deuda que él me había ocultado.
Y no sabía que el dinero que perseguía venía de mi familia.
El Bentley avanzó hacia Reforma bajo la lluvia.
Al llegar al hotel, los fotógrafos se giraron. Los guardias abrieron paso sin preguntar. Ramiro me escoltó hasta el elevador privado.
Cuando las puertas se cerraron, respiré profundo.
Arriba estaban Rodrigo, Valeria y todos los que creían que yo era una esposa pobre, callada y fácil de pisotear.
Las puertas del elevador se abrieron.
Y el salón entero se quedó en silencio.