PARTE 2
Alejandra pasó la noche en el sillón de Mariana, su mejor amiga desde la universidad. Mariana vivía en un departamento pequeño en la colonia Portales, con plantas en la ventana y una cafetera que sonaba como tractor viejo. Apenas vio a Alejandra en la puerta, mojada y con la mirada perdida, no preguntó nada. Solo le dio una toalla, una sudadera y un plato de sopa caliente.
Al amanecer, cuando el coraje ya no le nublaba tanto la cabeza, Alejandra contó todo. La camioneta, los documentos perdidos, la frase de Diego, la sonrisa de Teresa, los 380 mil pesos que supuestamente habían recibido.
Mariana, que trabajaba en una gestoría cerca de Viaducto, se quedó seria.
—Ale, eso no es “asunto familiar”. Eso huele a fraude.
—Diego dice que firmó lo necesario.
—¿Y tú firmaste?
—No.
—Entonces vamos a buscar por dónde se movieron.
Mariana abrió su laptop. Con contactos de notarios, lotes de autos y clientes que le debían favores, empezó a hacer llamadas discretas. Alejandra escuchaba desde la mesa, con las manos alrededor de una taza de café que ya se había enfriado.
A media mañana, Mariana colgó y respiró hondo.
—Tu suegra no estaba enferma.
Alejandra sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué?
—No hay citas médicas grandes, no hay cirugía, no hay hospital. Lo que sí hay es una deuda con una financiera de préstamos rápidos. Teresa pidió 720 mil pesos poniendo como garantía su departamento en Lindavista.
—¿Setecientos veinte mil?
—Y Diego aparece como aval.
Alejandra se tapó la boca. De pronto recordó todo: las llamadas que Diego contestaba en el baño, las visitas repentinas a casa de su mamá, las veces que llegaba pálido diciendo que estaba cansado, la insistencia de Teresa en hablar de “sacrificios”.
—Vendieron mi camioneta para tapar una deuda de ella.
—Una parte —dijo Mariana—. Porque el dinero no alcanzó. Y mira esto.
Le mostró unas capturas: pagos en una tienda departamental, una reservación en Puerto Vallarta, abonos a una tarjeta de crédito y una transferencia a nombre de un hombre que Alejandra no conocía.
—¿Quién es él?
—Un prestamista particular. De esos que no mandan estados de cuenta bonitos.
Alejandra cerró los ojos. Teresa no había usado el dinero para sobrevivir. Lo había usado para sostener una vida que ya no podía pagar.
Esa tarde, Alejandra volvió al departamento solo para recoger sus papeles. Entró con Mariana, porque no quería estar sola. Diego no estaba, pero en la mesa había una nota: “No te conviene meterte con mi mamá. Estás exagerando”.
Alejandra abrió su escritorio. Faltaban la factura original de la camioneta, copias de su identificación, comprobantes de domicilio y hasta el recibo de tenencia. En el cajón había quedado una carpeta vacía, como una burla.
—Se llevaron todo —murmuró.
Mariana sacó fotos del cajón, de la nota y de la carpeta. Luego le dijo que guardara cualquier mensaje de Diego y Teresa. Si iban a pelear, necesitaban pruebas.
El celular de Alejandra sonó antes de que salieran. Era Teresa.
—¿Ya terminaste tu numerito? —dijo la suegra, con voz fría—. Porque mi hijo está muy afectado por tu ingratitud.
—Yo soy la afectada, señora Teresa. Vendieron algo mío.
—Lo tuyo, lo de mi hijo, lo de esta casa… todo es de la familia. A ver cuándo entiendes.
—Lo voy a entender con un abogado.
Teresa soltó una risa.
—¿Un abogado? ¿Con qué dinero, si ni coche tienes? No seas ridícula. Sin Diego no eres nadie. Y sin camioneta, menos.
Alejandra sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no para hundirse. Se rompía como se rompe una cadena.
—Gracias por confirmar lo que son —dijo, y colgó.
Esa noche durmió poco. Mariana le prestó su coche para la cita de Cuernavaca y la acompañó a sacar copias de todo lo que todavía tenía. También le pasó el número de un abogado familiar que había llevado casos de bienes vendidos sin consentimiento.
Al día siguiente, Alejandra salió antes de las 7. La carretera estaba húmeda y el cielo gris, pero ella se obligó a manejar con calma. Necesitaba cerrar esa venta. No por orgullo, sino porque esa comisión podía pagar su salida.
Llegó a la casa en Cuernavaca media hora antes. Abrió ventanas, revisó el jardín, ordenó los folletos y se acomodó el saco frente a un espejo. Los clientes tardaron unos minutos más. Mientras los esperaba, escuchó una camioneta detenerse afuera.
Alejandra salió al portón y se quedó helada.
Era su Nissan Kicks gris.
Tenía placas temporales, pero seguía con la misma estampita de la Virgen de Guadalupe que su abuela Elena había pegado junto al tablero. En el asiento trasero todavía estaba una bufanda azul que ella creía perdida.
Un hombre bajó con una carpeta en la mano.
—Buenos días —dijo—. ¿Usted es Alejandra Ríos?
Ella apenas pudo asentir.
El hombre miró la camioneta, luego la miró a ella.
—Qué raro. Porque aquí traigo una compraventa donde supuestamente usted firmó ayer en Naucalpan.
Alejandra sintió que la sangre se le iba de la cara.
Y entonces supo que ya no solo le habían robado la camioneta: alguien había falsificado su nombre.
Si estuvieras en el lugar de Alejandra, ¿confrontarías a Diego de inmediato o juntarías más pruebas antes de hablar?
PARTE 3