Ocultó su apellido completo porque quería que alguien la quisiera sin mirar sus cuentas, sus propiedades o sus acciones.
Diego confundió su discreción con pobreza.
Luego convirtió esa idea en permiso para humillarla.
Mariana había financiado, a través de fondos separados, el primer desarrollo de Grupo Alvarado. Después salvó la empresa de Diego cuando dos bancos le cerraron líneas de crédito. Pagó las deudas de juego de doña Leonor, invirtió en la fallida marca de maquillaje de Claudia y cubrió la cirugía privada de don Ernesto, el padre de Diego, cuando necesitó atención urgente.
Ellos creían que su vida elegante venía del talento de Diego.
En realidad, Mariana llevaba años sosteniendo toda la casa desde abajo, como una raíz invisible.
“Liberen todo”, dijo ella.
“¿Incluyendo las grabaciones?”
“Todo.”
Mariana colgó.
En una habitación contigua había un vestido azul profundo, sencillo pero impecable. Junto a él, un collar de diamantes que había pertenecido a su abuela Elena.
Mientras se arreglaba, una pantalla se encendió con una transmisión interna desde la gala.
Diego aparecía en la mesa principal, sonriendo junto a Valeria. Doña Leonor hablaba con una periodista. Claudia subía historias con una copa en la mano.
Luego el audio de una grabación apareció en la pantalla.
Era la voz de Diego.
“Mariana no pregunta nada. Confía en mí.”
Después se escuchó a Valeria.
“¿Y si descubre las transferencias?”
Diego soltó una risa.
“No va a descubrir nada. Mi esposa no entiende cómo funciona el mundo real.”
Mariana no se movió.
La mentira dolía.
Pero la seguridad con la que él hablaba de su confianza dolía más.
Entonces Valeria dijo algo que la dejó helada.
“¿Ya tienes listo el informe psicológico?”
Diego respondió:
“Sí. Si Mariana causa problemas, diremos que no está estable para tomar decisiones patrimoniales.”
Mariana apoyó una mano sobre el escritorio.
Diego no solo pensaba engañarla.
Pensaba borrarla.
A las 10:17 de la noche, Mariana subió a una camioneta distinta, sin chofer visible y sin lágrimas.
Cuando llegó al palacio donde se celebraba la gala, los fotógrafos se giraron sin reconocerla.
Dentro, las luces bajaron.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono.
“Damas y caballeros, recibamos por primera vez en público a la presidenta del Consejo Castañeda.”
Diego dejó de sonreír cuando vio a su esposa caminar hacia el escenario.
Y justo antes de que Mariana tomara el micrófono, Valeria metió la mano en su bolso como si escondiera algo que podía cambiarlo todo.