PARTE 3: LA MUJER QUE ERA DUEÑA DE TODO
Durante unos segundos, nadie aplaudió.
No porque Mariana no fuera importante.
Sino porque todos estaban tratando de entender por qué la mujer que Diego Alvarado había dejado en casa lavando platos acababa de subir al escenario como la figura más poderosa de la noche.
El vestido azul profundo caía sobre ella con una elegancia tranquila. No llevaba una sonrisa de triunfo. Tampoco parecía nerviosa. Su rostro tenía algo mucho más incómodo para los culpables: serenidad.
Diego se levantó de golpe.
“Mariana…”
Doña Leonor palideció. Claudia bajó el celular tan rápido que casi se le cayó. Valeria cerró el bolso y fingió acomodarse el cabello.
El maestro de ceremonias, sin entender del todo la tensión, continuó:
“La señora Mariana Castañeda preside el consejo que ha financiado más de 40 proyectos hospitalarios, 18 centros educativos y 12 programas de vivienda para mujeres en situación vulnerable. Esta noche anunciará una revisión histórica de inversión social y empresarial.”
Un murmullo cruzó el salón.
Mariana tomó el micrófono.
“Buenas noches. Durante muchos años preferí trabajar sin aparecer en fotografías. Creí que la discreción protegía lo importante.”
Sus ojos pasaron por las mesas, sin detenerse demasiado en Diego.
“Pero esta noche aprendí que el silencio también puede ser usado por otros para contar mentiras en nuestro lugar.”
Diego dio un paso hacia el escenario.
Arturo Mendoza apareció junto a dos miembros de seguridad.
“Señor Alvarado, le pedimos que permanezca en su lugar.”
Diego forzó una sonrisa.
“Debe haber una confusión. Ella es mi esposa.”
Mariana lo miró por primera vez desde el escenario.
“Sí, Diego. Soy tu esposa. La misma a la que hace una hora ordenaste quedarse en casa a lavar platos.”
El salón quedó helado.
Unos periodistas levantaron sus cámaras. Alguien dejó escapar un suspiro. Doña Leonor cerró los ojos.
Mariana continuó:
“También soy la accionista mayoritaria indirecta de Grupo Alvarado, a través de tres fondos privados administrados por el Consejo Castañeda.”
Diego abrió la boca, pero no salió sonido.
“Eso no es posible”, murmuró.
Arturo entregó una carpeta al maestro de ceremonias, y las pantallas del salón cambiaron. Aparecieron organigramas, porcentajes de participación, contratos de inversión y fechas.
El nombre de Mariana Castañeda estaba en la raíz de todo.
Grupo Alvarado no había crecido por la genialidad de Diego.
Había crecido porque el consejo de Mariana lo rescató 3 veces.
El proyecto de Santa Fe que Diego presumía en entrevistas dependía de una línea de financiamiento que ella podía cancelar con una firma.
La mansión de Lomas de Chapultepec pertenecía a una sociedad inmobiliaria del Consejo Castañeda.
La oficina corporativa de Polanco estaba comprada por uno de sus fondos.
El fideicomiso que cubrió la cirugía de don Ernesto había salido de la Fundación Castañeda.
Las deudas de doña Leonor fueron pagadas con recursos personales de Mariana.
La marca fallida de Claudia había recibido 7 millones de pesos de inversión de una cuenta que ella controlaba.
“Cada símbolo que usaron para sentirse superiores a mí”, dijo Mariana, “fue sostenido por el dinero que ustedes creían que yo no tenía.”
Claudia empezó a borrar publicaciones de su celular.
Doña Leonor se levantó, temblorosa.
“Mariana, no puedes hacer esto. Somos tu familia.”
Mariana bajó la mirada hacia ella.
“Una familia no humilla durante años a una mujer y luego exige amor cuando necesita protección.”
“Nosotros te dimos el apellido Alvarado.”