Su cuerpo estaba cubierto de llamas, pero el fuego no iluminaba la habitación.
—Eso también es matar.
Victor levantó su arma.
Antes de disparar, las cadenas de Ethan se soltaron por sí solas.
Tomé su mano y corrimos.
Detrás de nosotros, Victor comenzó a gritar.
Cuando salimos del edificio, las ventanas del almacén se llenaron de una luz naranja. Durante unos segundos pensé que estaba ardiendo.
Pero no había humo.
Solo escuchamos tres golpes provenientes del interior.
Después, silencio.
La policía federal llegó veinte minutos más tarde, alertada por los documentos que había enviado. Encontraron vivos a Victor y a uno de sus hombres, aunque ninguno volvió a ser el mismo.
Victor estaba sentado en el suelo, repitiendo una sola frase:
—Sigue preguntando por la caja.
Las pruebas provocaron decenas de arrestos. Policías, empresarios y funcionarios fueron acusados. Victor recibió una condena de por vida.
Ethan pasó varias semanas en el hospital.
Contra todas las probabilidades, se recuperó.
Vendimos la casa y nos mudamos a otra ciudad. Intentamos empezar de nuevo, aunque algunas noches despertábamos al percibir olor a lluvia, gasolina y tierra mojada.
Un año después, visitamos la tumba de Michael Reyes.
Su familia había reemplazado la lápida que llevaba el nombre de Ethan por una con su verdadera identidad.
Dejé sobre la tumba una pequeña caja de madera.
Dentro coloqué una copia de las pruebas que habían limpiado su nombre y una carta de Ethan agradeciéndole por haber salvado nuestras vidas.
Antes de marcharnos, escuchamos un sonido bajo nuestros pies.
Toc. Toc. Toc.
Ethan apretó mi mano.
Pero esta vez no sentí miedo.
Una brisa cálida atravesó el cementerio y, por un instante, creí ver a Michael junto a los árboles.
Ya no estaba quemado.
Ya no sonreía de aquella forma aterradora.
Parecía un hombre común regresando a casa después de un largo viaje.
Inclinó la cabeza en señal de despedida y desapareció con la luz del amanecer.
Esa fue la última vez que lo vimos.
O al menos, eso creíamos.
Porque anoche, exactamente a la una de la madrugada, alguien golpeó tres veces la puerta de nuestra nueva casa.
Toc. Toc. Toc.
Ethan y yo nos miramos.
Entonces una voz infantil habló desde el otro lado:
—Señora Bennett…
Hizo una pausa.
—Mi papá dijo que usted tiene una caja que me pertenece.