A Ethan lo llevaron al almacén.
Victor no lo mató porque necesitaba descubrir dónde había escondido las pruebas.
—¿Cómo encontraste la caja? —preguntó Ethan.
Miré hacia el corredor oscuro.
—Michael me la mostró.
Antes de que pudiera explicarlo, una voz surgió detrás de nosotros.
—Siempre fuiste demasiado sentimental.
Victor Bennett entró acompañado por dos hombres armados.
No parecía sorprendido al verme.
—Sabía que mi hijo encontraría la forma de llevarte hasta aquí.
Apuntó su pistola hacia Ethan.
—Dame la memoria, Claire.
—Los archivos ya fueron enviados.
—Entonces cancelaremos el envío.
—No puedes detenerlo.
Victor sonrió.
—Puedo obligarte.
Uno de sus hombres me arrebató el arma. El otro tomó mi teléfono y exigió la contraseña.
Entonces el reloj de la oficina marcó la una y trece.
Victor lo miró.
—Tenemos tiempo.
—No —dije—. Creo que ustedes ya no tienen nada.
Tres golpes resonaron dentro de una de las paredes.
Toc. Toc. Toc.
El rostro de Victor perdió el color.
—¿Qué fue eso?
Los golpes sonaron de nuevo.
Pero esta vez provenían del suelo.
Las luces se apagaron.
Los hombres comenzaron a disparar hacia la oscuridad.
Una sombra cruzó el corredor.
Después otra.
Escuché la voz de Michael Reyes, ya no como un susurro, sino como un rugido lleno de años de dolor:
—¿Dónde está la caja?
Uno de los hombres fue arrastrado bajo una estantería.
El otro intentó escapar, pero la puerta se cerró sola. Unas manos ennegrecidas surgieron de la pared y lo sujetaron.
Victor cayó de rodillas.
—Yo no te maté —gritó—. Solo di la orden.
Michael apareció frente a él.