Lo leí dos veces.
Después respondí:
“Qué buena noticia. Estoy muy orgullosa de ti.”
Él contestó enseguida:
“Te amo, Sofía.”
Esta vez no respondí.
El viernes llegó con una calma rara, casi ofensiva. Leonardo eligió un restaurante privado en Las Lomas, con cava, terraza iluminada y meseros que hablaban bajo, como si hasta las copas conocieran secretos de familias ricas.
Cuando entramos al salón reservado, mi padre ya estaba sentado en la cabecera. Julia estaba a su derecha con una carpeta azul oscuro sobre la mesa.
Leonardo la vio.
Su sonrisa titubeó apenas.
“¿Abogada en una cena de celebración?”, bromeó. “Don Arturo, me va a poner nervioso.”
Mi padre levantó su vaso de agua.
“Una inversión de doscientos millones debe poner nervioso a cualquier empresario responsable.”
Leonardo rió demasiado fuerte.
“Totalmente. Transparencia ante todo. Además, somos familia.”
La palabra familia cayó sobre la mesa y nadie la levantó.
Durante veinte minutos habló de expansión, oficinas en Monterrey, fondos internacionales, nuevos clientes, crecimiento agresivo. Yo lo miraba mover las manos y recordaba esas mismas manos cerrando mi vestido de novia, sirviéndome sopa cuando tuve influenza, sosteniendo mi cintura en fiestas familiares.
Qué talento tan cruel: usar gestos verdaderos para sostener una mentira completa.
Entonces Julia abrió la carpeta.
Sacó dos documentos.
Y los deslizó frente a él.
Leonardo dejó de sonreír.
“¿Qué es esto?”
Julia lo miró sin parpadear.
“La suspensión formal de la transferencia. Y un requerimiento de revelación completa de información financiera, accionaria y personal relevante.”
Él levantó la vista hacia mí.
“Sofía… ¿qué está pasando?”
Doblé las manos sobre mi regazo.
Y por primera vez en días, dije la verdad en voz alta.
“Olvidaste colgar el teléfono.”