PARTE 3
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue un animal encerrado.
Leonardo se quedó mirando mi cara como si buscara a la mujer que conocía: la Sofía que pedía explicaciones llorando, la que se disculpaba por desconfiar, la que prefería tragarse una duda antes que incomodar una cena. Quería encontrarla para usarla. Para tocarle la mano, bajar la voz y convencerla de que todo era un malentendido.
Pero esa mujer ya no estaba sentada ahí.
“¿Perdón?”, dijo al fin, fingiendo confusión.
“Te escuché hablar con Renata”, respondí. “Dijiste que en cuanto los doscientos millones de mi papá entraran a tu empresa, ibas a pedir el divorcio.”
La copa de vino frente a él tembló apenas cuando sus dedos rozaron la base.
“Sofía, no sé qué crees que escuchaste, pero…”
“También escuché cuando ella preguntó si yo sospechaba algo. Y cuando tú dijiste que no, porque confío demasiado. Porque soy sentimental. Porque todavía creo que el matrimonio es sagrado.”
Mi padre no se movió.
Julia tomó una pluma.
Leonardo tragó saliva.
“Esto es un asunto privado”, dijo en voz baja.
“No”, intervino Julia. “Es un asunto corporativo. Usted representó estabilidad familiar y acceso a capital como factores dentro de una negociación financiera, mientras ocultaba un conflicto personal directamente relacionado con la inversión.”
“Usted no entiende nada”, escupió Leonardo.
Julia levantó apenas una ceja.
“Entiendo suficiente para recomendarle que no amenace a la abogada de la contraparte frente a tres testigos.”
Él respiró fuerte, luego volteó hacia mi papá.
“Don Arturo, con todo respeto, esto se puede arreglar. Los matrimonios pasan por crisis. Sofía está herida, claro, pero…”
Mi padre lo interrumpió.
“No menciones a mi hija como si fuera un trámite emocional.”
Leonardo se quedó pálido.
“Yo nunca quise hacerle daño.”
Me reí una sola vez. Una risa pequeña, seca, desconocida incluso para mí.
“No querías hacerme daño”, repetí. “Solo querías casarte conmigo, usar mi apellido para conseguir inversionistas, esperar la transferencia, divorciarte y formar una familia con mi mejor amiga.”
Su boca se abrió, pero no salió nada.
Por primera vez desde que lo conocí, Leonardo no tenía una frase elegante lista.
Julia empujó otro papel hacia él.
“Además de suspender la inversión, se abrirá una revisión por posible falsedad en manifestaciones corporativas, uso indebido de vínculos familiares como garantía comercial, ocultamiento de conflicto de interés y transferencia irregular de recursos.”
“¿Transferencia irregular?”, preguntó él.
Mi padre habló entonces, despacio.
“Tu empresa pagó durante seis meses la renta de un departamento en Santa Fe a nombre de una consultora externa.”
La sangre se le fue del rostro.
Yo no sabía eso.
Miré a Julia.
Ella siguió tranquila.
“Esa consultora es una sociedad donde Renata aparece como beneficiaria. También encontramos compras de joyería, viajes a Los Cabos y pagos médicos privados cargados como gastos de representación.”
El corazón me dio un golpe extraño, no de dolor, sino de confirmación. Cada factura era una pala sacando tierra de una tumba que él mismo había cavado.
Leonardo se inclinó hacia mí.
“Sofía, yo cometí errores. Muchos. Pero tú y yo…”
“No”, dije. “No vuelvas a ponerme dentro de una frase contigo.”