PARTE 2
No encendí la luz. Me acerqué descalza a la puerta y miré por la rendija. Afuera había 2 hombres. Uno alto, con gorra negra; el otro más bajo, revisando el celular como si estuviera esperando una orden.
—Señora Mariana —dijo el alto—, sabemos que está ahí. Venimos de parte de Rogelio.
Sentí que el estómago se me volteaba. No habían preguntado mi nombre. Lo sabían.
—Su esposo nos pidió recoger una caja. Ábranos y nos vamos.
Miré la caja en mis manos. Pesaba poco, pero en ese momento parecía cargar mi matrimonio entero.
No respondí. Corrí al cuarto, atranqué la puerta y busqué señal en el celular. Nada. Como si alguien hubiera apagado el mundo alrededor de mi casa.
Desde afuera se oyó un golpe seco contra el portón.
—No complique las cosas, señora. Esto no es suyo.
Me temblaban las piernas. Metí la mano en la bolsa del mandil y toqué la llave del anciano. La saqué. La chapa de la caja tenía la misma forma torcida.
—Dios mío —susurré.
La llave entró perfecta.
Adentro no había dinero ni joyas. Solo un cuaderno, un celular viejo y una memoria USB negra. Abrí el cuaderno y reconocí de inmediato la letra de Rogelio.
“12 de diciembre: mercancía escondida en la pared. Nadie sospecha.”
Pasé páginas. Frases cortas. Números. Direcciones. Nombres abreviados. Y una línea que me dejó sin aire:
“Si Mariana pregunta, negarlo todo. Si descubre algo, sacarla de la casa esa noche.”
La puerta del cuarto volvió a sacudirse.
Escondí la caja bajo la cama y apreté el cuaderno contra el pecho. Yo había dormido al lado de un hombre que estaba dispuesto a entregarme como estorbo.
Los hombres se fueron después de varios minutos, pero antes de irse uno murmuró:
—Si ya la abrió, está peor.
Cuando todo quedó en silencio, conecté la USB a la televisión. Aparecieron varios videos. En uno vi a Rogelio en una bodega de Zapopan, hablando con un hombre de camisa blanca.
—Aquí nadie va a buscar —decía mi esposo—. Mi mujer no se mete en mis cosas.
Después apareció otro archivo: fotos de tráileres, listas de pagos, grabaciones de llamadas y documentos que no entendí del todo, pero que olían a delito.
Mi celular sonó. Número desconocido.
—Ya abrió la caja, ¿verdad? —dijo la misma voz de la puerta.
No pude hablar.
—Su marido guardó algo que no debía guardar. Entréguelo esta noche y puede seguir viva.
Colgué con las manos heladas.
Entonces leí la última página del cuaderno:
“Si todo falla, buscar al viejo de la central vieja. Solo él sabe cómo entregar la prueba.”
El viejo.
El anciano no era un mendigo cualquiera.
Metí la USB, el celular y el cuaderno en una bolsa. Salí por el callejón, con la lluvia pegándome en la cara. Pero al llegar a la esquina, una moto se cruzó frente a mí.
Era Rogelio.
Detrás de él venía sentado uno de los hombres.
—Mariana —dijo mi esposo, pálido—. Dame esa bolsa.
Apreté la correa contra mi pecho.
—¿Desde cuándo pensabas venderme también a mí?
Rogelio bajó la mirada.
El hombre detrás sonrió.
—Señora, no haga drama familiar. Esto ya no es asunto de esposos.
Di un paso atrás. Rogelio estiró la mano.
—Hazme caso por una vez.
Entonces corrí. Corrí hacia la central vieja sin mirar atrás, mientras Rogelio gritaba mi nombre.
Al final del callejón, bajo un poste fundido, el anciano me estaba esperando.
PARTE 3