PARTE 2
Daniel tardó varios segundos en reaccionar.
—Mamá, ¿qué acabas de decir?
Margaret no respondió inmediatamente.
Seguía mirando a Vanessa.
No a los gemelos.
A Vanessa.
Como si detrás de aquel rostro hubiera un recuerdo que llevaba años intentando olvidar.
Richard, el padre de Daniel, salió de la casa al escuchar los gritos.
—¿Qué sucede?
Cuando vio a Vanessa también se quedó quieto.
Y fue entonces cuando Daniel comprendió algo todavía más inquietante.
Sus dos padres la conocían.
—¿Alguien puede explicarme qué demonios está pasando? —exigió.
Vanessa comenzó a negar con la cabeza.
—Daniel, vámonos.
—No.
—Los bebés están cansados.
—He dicho que no.
Margaret recogió lentamente su bolso del suelo.
—Entra.
—Mamá…
—Entra a la casa.
Su tono no admitía discusión.
Diez minutos después, los cuatro adultos estaban sentados en la sala.
Los gemelos dormían en sus portabebés.
Daniel tenía los brazos cruzados.
Vanessa mantenía la mirada clavada en el piso.
Margaret fue a una habitación del segundo piso.
Regresó con una caja vieja.
La dejó sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Y un sobre amarillento.
Sacó una fotografía y se la puso delante a Daniel.
Era Vanessa.
Mucho más joven.
Tal vez tendría veintidós años.
Estaba abrazada a un hombre.
Daniel reconoció al hombre inmediatamente.
—¿Ese es… tío Michael?
Michael Carter.
El hermano menor de Richard.
Había muerto cinco años atrás en un accidente automovilístico.
Margaret asintió.
—Vanessa estuvo con Michael.
Daniel miró a Vanessa.
—¿Tú conocías a mi tío?
Ella no contestó.
—¡Vanessa!
—Fue hace mucho tiempo.
—¿Qué significa “estuviste con Michael”? —preguntó Daniel.
Margaret soltó una risa amarga.
—Significa exactamente lo que estás imaginando.
Richard cerró los ojos.
—Margaret…
—No. Esta vez no vamos a proteger a nadie.
Margaret sacó más documentos.
—Hace seis años, Michael estaba comprometido con una mujer llamada Catherine. Dos meses antes de la boda conoció a Vanessa.
Daniel miró a su amante.
—¿Cuántos años tenías?
—Veintitrés.
—¿Y qué pasó?
Vanessa empezó a llorar.
—Me enamoré.
Margaret golpeó la mesa.
—¡No te enamoraste! Averiguaste quién era.
Todos guardaron silencio.
Margaret continuó:
—Michael acababa de recibir su parte de la herencia de su abuelo. Casi ochocientos mil dólares.
Vanessa levantó la cabeza.
—Eso no tiene nada que ver…
—Tiene todo que ver.
Margaret abrió el sobre amarillento.
Había copias de transferencias bancarias.
—En menos de nueve meses, Michael transfirió ciento veinte mil dólares a una cuenta a tu nombre.
Daniel se puso de pie.
—¿Qué?
—Le dijiste que estabas embarazada.
Vanessa comenzó a temblar.
—Margaret, por favor.
—Le dijiste que el bebé era suyo. Michael rompió su compromiso, discutió con toda la familia y estaba dispuesto a casarse contigo.
Richard intervino:
—Después Vanessa perdió supuestamente al bebé.
La palabra supuestamente quedó flotando en la habitación.
Daniel volvió a mirar a Vanessa.
—¿Supuestamente?
Margaret sacó otro documento.
—No había embarazo.
Vanessa perdió el color.
Daniel tomó el papel.
Era una copia de un informe médico.
Margaret explicó:
—Catherine sospechó. Contrató a un investigador. La clínica donde Vanessa decía haberse atendido confirmó que nunca había sido paciente prenatal allí.
—Eso es ilegal —susurró Vanessa.
—Tal vez. Pero fue suficiente para que Michael empezara a hacer preguntas.
Richard agregó:
—Y entonces desapareciste.
Margaret asintió.
—Tres días después de que Michael descubriera la mentira, Vanessa vació la cuenta conjunta que él había abierto para “el bebé” y se marchó.
Daniel miró a Vanessa como si estuviera viendo a una extraña.
—¿Cuánto dinero?
Margaret respondió:
—Setenta y cuatro mil dólares.
—¡Eso es mentira! —gritó Vanessa.
Uno de los bebés comenzó a llorar.
Ella corrió a levantarlo.
Margaret la observó con desprecio.
—Michael no denunció porque estaba avergonzado. Y ocho meses después murió.
—Fue un accidente —dijo Vanessa.
—Nunca dije que no lo fuera.
El ambiente se volvió helado.
Daniel se pasó ambas manos por el cabello.
—¿Y por qué nunca me dijeron nada?
Richard respondió:
—Porque después de la muerte de Michael, tu madre decidió enterrar todo aquello. Pensamos que esa mujer nunca volvería a aparecer.
Margaret señaló a Vanessa.
—Y ahora entra por mi puerta cargando dos bebés y diciendo que uno es mi nieto.
Vanessa se levantó.
—Daniel, no tenemos por qué escuchar esto. Lo que ocurrió con Michael fue antes de conocerte.
Daniel no se movió.
—¿Yo sabía que habías tenido una relación con mi tío?
Silencio.
—Te he hecho una pregunta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque sabía que reaccionarías así.
Daniel soltó una carcajada seca.
—¿Así cómo?
—Juzgándome por mi pasado.
—¡Tu pasado con mi tío muerto!
Vanessa apretó los labios.
—Tú tampoco eres un santo.
Aquella frase fue suficiente para encender algo.
—Perfecto —dijo Daniel—. Entonces hagamos la prueba.
—¿Qué prueba?
—ADN.
Vanessa retrocedió.
Margaret la miró fijamente.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa cara.
Margaret señaló a Vanessa.
—Esa misma cara pusiste cuando Catherine preguntó por tu embarazo.
Daniel se volvió hacia ella.
—Vanessa, ¿los niños son míos?
Ella abrió la boca.
La cerró.
—Claro que son tuyos.
—Entonces no tienes nada que temer.
—Son recién nacidos. No pienso someterlos a…
—Es un hisopo en la boca.
—No.
El silencio fue absoluto.
Daniel se acercó.
—¿Por qué no?
Vanessa empezó a llorar.
—Porque me estás humillando.
—Yo dejé a mi esposa por ti.
—Yo nunca te lo pedí.
—¡Entraste en mi casa con nuestros supuestos hijos!
—Porque tú insististe.
—¡Y Elena se divorció de mí!
Por primera vez, Vanessa dejó de llorar.
—Eso fue decisión de Elena.
Incluso Margaret se quedó mirándola.
Daniel parecía haber recibido una bofetada.
Porque acababa de comprender algo.
Vanessa no lamentaba haber destruido su matrimonio.
Ni siquiera consideraba que ella tuviera responsabilidad.