En su cabeza, Elena simplemente había tomado una mala decisión al negarse a aceptar la situación.
Exactamente igual que él.
Yo no supe nada de aquella escena hasta el lunes.
Estaba trabajando cuando recibí una llamada de Margaret.
Consideré no contestar.
Ya no era mi suegra.
Ya no era mi problema.
Pero insistió tres veces.
Finalmente respondí.
—Hola.
Del otro lado hubo silencio.
—Elena…
La voz de Margaret sonaba diferente.
Durante los cinco años que estuve casada con Daniel, esa mujer jamás me había llamado por teléfono solo para preguntarme cómo estaba.
Casi todas nuestras conversaciones terminaban girando alrededor de la misma pregunta:
“¿Cuándo me darán un nieto?”
Cuando los tratamientos no funcionaron, dejó de preguntarme directamente.
Pero comenzó a enviarme artículos.
Clínicas.
Suplementos.
Historias de mujeres que habían quedado embarazadas a los cuarenta.
Como si mi cuerpo fuera un problema familiar que todos podían discutir.
—¿Qué necesita, Margaret?
Volvió a guardar silencio.
—Daniel me contó que se divorciaron.
—Sí.
—Y que Vanessa era amiga tuya.
—Mi mejor amiga.
La palabra todavía dolía.
—Lo siento.
Me sorprendió.
No porque una disculpa pudiera arreglar algo.
Sino porque era la primera vez que Margaret Carter admitía que algo me había hecho daño sin hablar inmediatamente de su hijo.
—¿Para qué me llama?
Respiró profundamente.
—Quiero preguntarte algo. Y necesito que seas completamente sincera conmigo.
—Depende.
—¿Sabías que Vanessa había estado con Michael?
—¿Michael?
—El hermano de Richard.
—Ni siquiera sabía que lo conocía.
Margaret murmuró algo que no entendí.
—¿Qué está pasando?
Entonces me contó todo.
La antigua relación.
El embarazo falso.
El dinero.
La reacción de Vanessa cuando Daniel pidió una prueba de ADN.
Me senté lentamente.
Mi primera emoción no fue alegría.
Fue agotamiento.
Pensé en todas las veces que Vanessa había dormido en mi casa.
En las vacaciones juntas.
En el día de mi boda, cuando se paró detrás de mí mientras me miraba al espejo y dijo:
—Si algún día Daniel te hace daño, yo misma lo mataré.
Qué ironía.
No necesitó matarlo.
Solo necesitó acostarse con él.
—Elena —dijo Margaret—, ¿sigues ahí?
—Sí.
—Daniel cree que probablemente solo está nerviosa.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Incluso después de todo aquello, Daniel buscaba una manera de creer lo que le convenía.
—Entonces que no haga la prueba —respondí.
—¿Qué?
—Ya no es asunto mío.
—Pero…
—Margaret, su hijo me llevó a su amante y a dos bebés a mi propia casa. Me pidió que los cuidara mientras él seguía casado conmigo. Después me culpó por “destruir la familia” cuando pedí el divorcio.
Mi voz era tranquila.
—Si esos niños son suyos o del cartero ya no cambia nada para mí.
Margaret no dijo nada.
Antes de colgar añadió:
—Hay otra cosa que creo que deberías saber.
—¿Qué?
—Daniel nos dijo que eras estéril.
Sentí algo frío recorrerme la espalda.
—¿Qué dijo?
—Que los médicos habían confirmado que tú no podías tener hijos.
Me levanté de la silla.
—Eso es mentira.
Margaret se quedó en silencio.
Yo continué:
—Los estudios nunca dijeron eso.
Dos años antes, Daniel y yo habíamos comenzado pruebas de fertilidad.
Las mías salieron normales.
Mi ginecóloga sugirió que ambos nos hiciéramos estudios más completos.
Daniel siempre encontraba excusas.
Trabajo.
Viajes.
Estrés.
Decía que ya lo haría.
Yo pensé que estaba avergonzado.
Jamás lo presioné.
—Daniel le dijo a todo el mundo que el problema era mío —murmuré.
Margaret respondió con un hilo de voz:
—Sí.
Y algo dentro de mí terminó de morir.
No por amor.
Ese amor ya estaba muerto.
Fue la última pequeña parte de respeto que todavía conservaba por los años compartidos.
Daniel no solo me había engañado.
Había utilizado mi supuesto fracaso como mujer para justificarlo.
Colgué.
Una hora después escribí a mi abogada.
—Quiero revisar absolutamente todos los movimientos financieros de Daniel durante los últimos tres años.
Ella respondió:
—Ya lo estamos haciendo.
Daniel consiguió hacer las pruebas de ADN tres días después.
Vanessa protestó.
Lloró.
Amenazó con irse.
Finalmente aceptó cuando Daniel le dijo que, si se negaba, no reconocerían legalmente la paternidad hasta que un tribunal lo ordenara.