Cinco días después llegaron los resultados.
Margaret me llamó.
Yo estaba tomando café.
—El niño es de Daniel —dijo.
Esperé.
Sabía que faltaba algo.
—La niña no.
Durante unos segundos pensé que había entendido mal.
—¿Cómo?
—Noah tiene una probabilidad de paternidad superior al 99.9 %. Daniel es su padre.
—¿Y la niña?
—Cero.
Me quedé mirando mi taza.
—Son gemelos.
—Lo sé.
Margaret parecía estar a punto de llorar.
Los gemelos podían tener padres diferentes.
Era raro, pero biológicamente posible cuando una mujer liberaba dos óvulos y mantenía relaciones con dos hombres en un período muy cercano.
Vanessa había quedado embarazada de dos hombres distintos.
Daniel era padre del niño.
Pero no de la niña.
Y de pronto el nombre que Daniel había elegido para la bebé —Sophia Vanessa Carter— parecía casi una broma cruel.
—¿Quién es el otro padre? —pregunté.
—Vanessa no quiere decirlo.
No sentí satisfacción.
Solo una especie de incredulidad.
Daniel había destruido nuestro matrimonio por una mujer que también lo engañaba.
Era difícil inventar una justicia poética más precisa.
Pero aquella historia apenas comenzaba.
Porque mi abogada también encontró algo.
Durante siete meses, Daniel había pagado prácticamente todos los gastos de Vanessa usando dinero de una cuenta conjunta.
Alquiler.
Seguro médico.
Muebles.
Ropa de bebé.
Consultas privadas.
Un automóvil usado.
Incluso el depósito de una vivienda.
En total:
86,420 dólares.
Dinero que pertenecía parcialmente al patrimonio matrimonial.
Cuando mi abogada me mostró las transferencias, sentí que las manos me temblaban.
No por el monto.
Por las fechas.
La primera transferencia grande se había realizado el día de nuestro quinto aniversario.
Aquella noche Daniel me llevó a cenar.
Me regaló un collar.
Me besó en la frente.
Y me dijo:
—No importa que nunca podamos ser padres. Contigo me basta.
Tres horas antes había transferido doce mil dólares a Vanessa.
Yo miré el estado bancario durante varios minutos.
Después me quité el collar.
Lo puse dentro de una bolsa.
Y nunca volví a usarlo.
Daniel me llamó esa noche.
No contesté.
Volvió a llamar.
Doce veces.
Finalmente dejó un mensaje.
—Elena, tenemos que hablar.
Lo eliminé.
Llegó otro.
—Sé que estás enterada de lo de la prueba. Las cosas no son como parecen.
Lo eliminé.
Otro.
—Solo quiero explicarte.
Otro.
—Vanessa me engañó.
Ese sí me hizo reír.
No porque fuera gracioso.
Sino porque Daniel parecía sinceramente indignado.
El hombre que me había engañado durante más de un año estaba devastado porque su amante lo había engañado a él.
La vida tiene un sentido del humor terrible.
Al día siguiente apareció frente a mi oficina.
Yo había vuelto a trabajar presencialmente algunos días porque necesitaba salir del apartamento.
Cuando bajé, Daniel estaba junto a su Passat.
El mismo automóvil que yo había pagado.
Parecía haber envejecido diez años en una semana.
—Necesito cinco minutos.
—No.
—Elena.
Seguí caminando.
Me tomó del brazo.
Me giré inmediatamente.
—Suéltame.
Algo en mi mirada debió advertirle que no estaba jugando.
Me soltó.
—Solo quiero hablar.
—Entonces habla.
—Aquí no.
—Aquí o nada.
Miró alrededor.
Había compañeros entrando y saliendo del edificio.
Bajó la voz.
—Vanessa me mintió.
—Eso he oído.
—Sophia no es mía.
—También lo he oído.
—No sabía nada.
—Felicitaciones. Ahora sabes cómo me sentí yo.
Su rostro se contrajo.
—No es lo mismo.
No pude evitarlo.
Me reí.
—Por supuesto que no.
—Elena…
—Tú engañaste a tu esposa con su mejor amiga, tuviste un hijo con ella, usaste dinero matrimonial para mantenerla y luego la llevaste a mi casa esperando que yo criara a sus bebés.
Di un paso hacia él.
—Pero cuando descubres que ella también se acostaba con otro hombre, de repente la traición sí te parece terrible.
Daniel apretó los dientes.
—Cometí un error.
—No.
—Sí.
—Un error es olvidar un cumpleaños. Tomar una salida equivocada. Enviar un correo a la persona incorrecta.
Lo miré fijamente.
—Tú tomaste decisiones durante más de un año.
—Yo estaba bajo mucha presión.
—Ahí está otra vez.
—Mi madre quería nietos.
—Tu madre no se acostó con Vanessa.
Daniel bajó la mirada.
—Pensaba que tú no podías tener hijos.
Esa frase terminó con cualquier pequeña posibilidad de compasión.
—No. Tú dijiste que yo no podía tener hijos.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Tus padres me dijeron lo que les contaste.
Palideció.
—Elena…
—Mis análisis eran normales.
—Yo solo…
—¿Por qué nunca te hiciste los tuyos?
No contestó.
—Daniel.
Su silencio confirmó algo.
—Te los hiciste, ¿verdad?
Vi cómo tragaba saliva.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—¿Y?
—El médico dijo que tenía un recuento bajo.
Lo miré incrédula.
—¿Qué tan bajo?
—Muy bajo.
Sentí náuseas.
Durante dos años aquel hombre supo que el problema de fertilidad probablemente estaba de su lado.