PARTE 2
No contesté el mensaje.
Ni grité.
Ni rompí nada.
Solo tomé una foto de la pantalla y sentí cómo algo dentro de mí se apagaba para que otra cosa, mucho más fría, pudiera despertar.
Llamé al doctor Ignacio Robles, toxicólogo forense y viejo amigo de mi papá. Llegó a la casa en menos de media hora. Apenas vio el frasco, su expresión cambió.
—Mariana, esto no parece suplemento. No tiene lote, registro sanitario, laboratorio, nada. No tomes absolutamente nada que venga de Rodrigo.
Metió el frasco en una bolsa especial y se fue directo a su laboratorio.
Después llamé a Valeria Montes, mi mejor amiga desde la universidad. Ella era abogada penalista en Puebla, de esas mujeres que hablaban bajito y aun así hacían temblar a un juez.
Llegó con un investigador privado llamado Julián Rivas, ex policía ministerial.
Candelaria les entregó la tarjeta de memoria.
—Si esa cámara grabó conversaciones dentro de la camioneta, podemos tener intención criminal —dijo Julián—. Pero hay que extraer los archivos bien, sin contaminar la prueba.
Mientras ellos trabajaban, tocaron el timbre.
Era mi vecina, Teresa, una señora que sabía más de la privada que el administrador del fraccionamiento. Venía cargando un refractario de chiles rellenos, pero su cara no tenía nada de visita casual.
—Mariana, no quiero meterme en tu matrimonio —dijo, entrando casi sin pedir permiso—, pero mis cámaras de seguridad grabaron algo raro esta mañana.
Me enseñó un video.
Diez minutos después de salir de mi casa, la camioneta de Rodrigo se detenía cerca de la caseta secundaria. Doña Elvira bajaba del asiento delantero y se pasaba atrás. Luego aparecía una mujer joven, cabello largo, maleta amarilla, lentes oscuros. Rodrigo la recibía con una sonrisa que a mí ya casi no me daba. Le abrió la puerta del copiloto como si fuera una reina.
Doña Elvira la besó en la mejilla.
No parecía sorprendida.
Parecía feliz.
—¿La conoces? —preguntó Teresa.
No respondí.
Pamela.
La misma del mensaje.
Mi esposo no se había ido a una junta con inversionistas.
Se había ido de viaje con su amante y su madre, mientras me dejaba en casa con un frasco de cápsulas sin etiqueta.
Esa noche, Rodrigo hizo videollamada desde una suite lujosa. Yo me puse maquillaje pálido, me envolví en una bata vieja y me acosté en la cama fingiendo debilidad.
—Me siento muy mal —murmuré—. Creo que voy a ir al hospital.
El rostro de Rodrigo se tensó.
—No, mi amor. Los hospitales están llenos de infecciones. Tómate la vitamina. Ahorita. Vas a sentirte rara porque tu cuerpo está eliminando toxinas.
Detrás de él, en el espejo de la habitación, vi pasar a Pamela con una bata blanca del hotel.
Sentí náuseas, pero sonreí apenas.
—Está bien. Me la tomo ahora.
Rodrigo suspiró aliviado.
Al día siguiente, el doctor Robles regresó con el resultado.
No eran vitaminas.
Las cápsulas tenían un derivado concentrado de digitalis, suficiente para provocar una falla cardíaca que podía parecer un infarto natural.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Mateo te salvó la vida.
Horas después, en su despacho, Julián conectó la tarjeta de memoria a una computadora limpia. Había varios audios recuperados.
—Antes de reproducir esto —dijo Valeria—, necesitas prepararte. No solo querían quedarse con tu dinero.
Le dio clic.
Primero se oyó música baja. Luego la voz de Rodrigo, riéndose.
—La mensa se va a tomar cada cápsula porque confía en mí.
Después habló Pamela:
—¿Y el niño? No pienso cuidar a un mudo.
Doña Elvira soltó una carcajada.
Y entonces Rodrigo dijo algo que me heló la sangre:
—Cuando Mariana esté medio inconsciente, le estampamos el pulgar en los documentos. Salgado ya preparó todo. Yo tomo control de la constructora, declaro incapaz al niño y lo mando a un lugar donde no vuelva a estorbar.
Mateo, sentado a mi lado, se tapó los oídos.
Yo lo abracé con tanta fuerza que casi no pude respirar.
Pero el audio no había terminado.
Pamela preguntó:
—¿Y si ella sobrevive?
Rodrigo respondió sin titubear:
—Entonces la rematamos de otra forma.